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capitulo 7

last update Data de publicação: 2021-04-21 04:35:21

Capítulo 7: Una mirada diferente

El lunes llegó demasiado rápido.

Durante todo el fin de semana intenté mantenerme ocupada para no pensar demasiado en Pablo.

Leí varios capítulos de un libro, ordené mi habitación, vi algunas películas y hasta intenté cocinar algo diferente.

Pero cada vez que miraba mi teléfono, esperaba encontrar un mensaje suyo.

Y eso me molestaba.

No porque no quisiera hablar con él.

Sino porque no quería depender de alguien para sentirme bien.

Había aprendido de la peor manera que las personas podían llegar a tu vida, hacerte sentir especial y después desaparecer.

No quería volver a pasar por eso.

El lunes por la mañana me repetí la misma frase mientras me preparaba:

—No te ilusiones, Rosita.

Cuando llegué al instituto, lo primero que hice fue mirar hacia la entrada.

Pablo no estaba.

Respiré profundamente.

—Perfecto —murmuré—. Así no tendrás que pensar en él.

Entré al salón.

Me senté y saqué mis cuadernos.

Unos minutos después, escuché pasos apresurados.

—Rosita.

Levanté la cabeza.

Pablo estaba frente a mí.

—Buenos días.

—Buenos días.

Sonrió.

—¿Me extrañaste?

Lo miré con incredulidad.

—¿Quién dijo eso?

—Tu cara.

—Mi cara no dice nada.

—Dice muchas cosas.

—Pues está equivocada.

Pablo soltó una carcajada.

—Me alegra verte también.

No pude evitar sonreír.

—¿Cómo estuvo tu fin de semana?

—Tranquilo. ¿El tuyo?

—Igual.

—¿Hiciste algo interesante?

—Leí.

—¿Otra vez?

—Siempre leo.

—Algún día tendrás que recomendarme un libro.

—¿Te gusta leer?

—No demasiado.

—Entonces no.

—¡Oye!

Me reí.

Era extraño.

Con él podía bromear.

Podía reír.

Podía ser yo misma.

Y eso era algo que no me ocurría con casi nadie.

Durante la primera clase, todo transcurrió normalmente.

Hasta que llegó el momento de formar parejas para una actividad.

La profesora comenzó a decir los nombres.

—Rosita y Pablo.

Pablo levantó la mano.

—¡Aquí!

Algunos compañeros comenzaron a reír.

—Mira qué casualidad.

—Siempre juntos.

Sentí que mis mejillas se calentaban.

La profesora golpeó suavemente el escritorio.

—Silencio.

Pablo se inclinó hacia mí.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No tienes que prestarles atención.

—Lo sé.

Comenzamos a trabajar.

La actividad consistía en preparar una pequeña presentación.

Mientras escribíamos, Pablo me miró.

—¿Quieres hacer la presentación?

—No.

—¿Por qué?

—No me gusta hablar delante de todos.

—Pero sabes hacerlo.

—Eso no significa que me guste.

—Entonces la hacemos juntos.

Lo miré.

—¿No te da miedo?

—Un poco.

—Entonces estamos iguales.

—Exactamente.

Sonreí.

Terminamos la actividad antes que los demás.

Cuando llegó el momento de presentar, pasamos al frente.

Sentía las manos frías.

Miré al grupo.

Algunas personas estaban hablando entre ellas.

Una de las chicas comenzó a reír.

Sentí que el pecho se me cerraba.

Por un instante quise regresar a mi asiento.

Entonces escuché la voz de Pablo.

—Estoy contigo.

Lo miré.

Él sonrió.

Respiré profundamente.

Y comencé a hablar.

Al principio mi voz tembló.

Pero poco a poco fui sintiéndome más segura.

Cuando terminamos, la profesora nos felicitó.

Regresamos a nuestros asientos.

—¿Viste? —dijo Pablo.

—¿Qué?

—Lo hiciste muy bien.

—Gracias.

—Te dije que podías.

Bajé la mirada.

—Hace mucho que nadie me decía eso.

—Entonces tendrás que acostumbrarte.

Lo miré.

—¿A qué?

—A que alguien crea en ti.

No supe qué responder.

Aquella frase se quedó conmigo durante el resto del día.

En el recreo, caminamos hasta nuestro lugar habitual.

Pablo llevaba dos jugos.

Me entregó uno.

—¿Y esto?

—Para ti.

—¿Por qué?

—Porque sí.

—No tienes que comprarme cosas todo el tiempo.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo haces?

Se encogió de hombros.

—Porque quiero.

Lo miré.

—Eres extraño.

—Tú también.

—Gracias.

—De nada.

Nos sentamos.

Después de unos minutos, Pablo preguntó:

—¿Alguna vez has tenido novio?

Casi me atraganté con el jugo.

—¿Qué?

—Solo preguntaba.

—No.

—¿Nunca?

Negué con la cabeza.

—Nunca.

—¿Por qué?

Me encogí de hombros.

—Nunca he tenido tiempo para eso.

—¿Tiempo?

—Sí. Siempre he estado estudiando, leyendo... y tratando de evitar problemas.

—Entiendo.

—¿Y tú?

—Tampoco.

Lo miré sorprendida.

—¿Tú tampoco?

—No.

—Pensé que sí.

—¿Por qué?

—Porque eres muy sociable.

—Ser sociable no significa que haya tenido una relación.

—Cierto.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Qué tendría que hacer alguien para gustarte? —preguntó.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—No sé.

—Piénsalo.

Miré hacia los árboles.

—Supongo que tendría que ser alguien paciente.

—¿Paciente?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque no confío fácilmente.

Pablo asintió.

—Tiene sentido.

—También tendría que respetarme.

—Obviamente.

—Y no burlarse de mí.

—Eso es lo mínimo.

—Y tendría que hacerme sentir segura.

Pablo me miró fijamente.

—Eso es importante.

—Sí.

—¿Y tendría que ser guapo?

Lo miré.

—No necesariamente.

—Qué alivio.

—¿Por qué?

—Porque entonces todavía tengo posibilidades.

Abrí los ojos.

Pablo comenzó a reír.

—¡Era una broma!

Le di un pequeño golpe en el brazo.

—¡Idiota!

—¡Ay!

Los dos empezamos a reír.

Pero cuando nuestras miradas se encontraron, la risa desapareció lentamente.

Por unos segundos ninguno habló.

Sentí algo extraño.

Una sensación que no había experimentado antes con él.

Pablo tampoco apartó la mirada.

Hasta que alguien pasó corriendo cerca de nosotros y rompió el momento.

Los dos miramos hacia otro lado.

—Bueno... —dije.

—Bueno...

Nos quedamos en silencio.

Pero esta vez el silencio se sentía diferente.

Mucho más intenso.

Al terminar las clases, caminamos juntos hasta mi motocicleta.

—¿Nos vemos mañana? —preguntó.

—Sí.

—Bien.

Me coloqué el casco.

Antes de subir, lo miré.

—Pablo.

—¿Sí?

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por ayudarme hoy.

Sonrió.

—Siempre.

Encendí la motocicleta.

Antes de irme, lo escuché gritar:

—¡Rosita!

Me detuve.

—¿Qué?

—No cambies.

Sonreí.

—Tú tampoco.

Me fui.

Pero durante todo el camino no pude dejar de pensar en una pregunta.

¿Por qué me había puesto tan nerviosa cuando Pablo preguntó si había tenido novio?

Y, sobre todo...

¿Por qué me había gustado tanto escuchar que él todavía tenía posibilidades?

Esa noche abrí mi libro, pero no pude leer ni una página.

Mi mente estaba en otro lugar.

En una sonrisa.

En una mirada.

En unas palabras.

Y por primera vez tuve que admitir algo que me daba miedo:

Quizás Pablo ya no era solamente mi amigo.

Continuará...

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