LOGINCapítulo 6: Lo que no puedo decir
El viernes por la mañana desperté con una sensación extraña. No era tristeza. Tampoco estaba preocupada. Era algo diferente. Algo que no sabía cómo explicar. Tomé mi teléfono y miré la pantalla. No tenía ningún mensaje. Por alguna razón, sentí una pequeña decepción. —¿Qué esperaba? —me pregunté en voz alta. Dejé el teléfono sobre la cama y me levanté. Mientras me arreglaba, intenté convencerme de que no estaba esperando un mensaje de Pablo. Pero sabía que estaba mintiendo. Desde que había llegado al instituto, mis mañanas habían cambiado. Antes solo pensaba en sobrevivir al día. Ahora pensaba en si él estaría en la entrada. En si me saludaría. En si volveríamos a hablar durante el recreo. Y aquello me preocupaba. Porque estaba comenzando a importarme. Demasiado rápido. Cuando llegué al instituto, estacioné mi motocicleta y caminé hacia la entrada. Miré alrededor. No estaba. Sentí una pequeña decepción. —Qué tontería —murmuré. Seguí caminando. Entré al salón y me senté en mi lugar. Pasaron cinco minutos. Después diez. Pablo no aparecía. Intenté concentrarme en mis cosas, pero no podía dejar de mirar hacia la puerta. Hasta que finalmente escuché una voz. —Buenos días. Levanté la mirada. Era él. Pablo entró al salón un poco agitado. —Llegas tarde —dije. —Lo sé. Se sentó a mi lado y dejó la mochila en el suelo. —¿Qué pasó? —Me quedé dormido. Lo miré sorprendida. —¿Te quedaste dormido? —Sí. —¿Y por qué estás tan tranquilo? —Porque llegué. Solté una risa. —Eres increíble. —Gracias. —No era un cumplido. —Lo tomaré como uno. Sonreí. Entonces Pablo sacó algo de su mochila. —Por cierto... Me entregó una pequeña bolsa. —¿Qué es? —Ábrela. La tomé con curiosidad. Dentro había un chocolate. Lo miré sorprendida. —¿Otro? —Te dije que te iba a pagar por las clases de Arte. —Yo pensé que era solo uno. —Las clases continúan. —Pablo... —¿Qué? —No tienes que comprarme cosas. Su sonrisa desapareció un poco. —Lo sé. —Entonces... —Quería hacerlo. No supe qué responder. Guardé el chocolate en mi mochila. —Gracias. —De nada. La profesora entró al salón y comenzamos la clase. Durante la mañana, Pablo estuvo más callado de lo habitual. Lo noté. Cada vez que intentaba hablarle, parecía distraído. Finalmente, durante un cambio de clase, decidí preguntarle. —¿Te pasa algo? —No. —Sí te pasa. —¿Por qué dices eso? —Porque estás raro. Sonrió ligeramente. —¿Ahora me analizas? —Un poco. —Entonces tienes razón. Me quedé mirándolo. —¿Qué ocurre? Pablo respiró profundamente. —Extraño Puerto Rico. No esperaba esa respuesta. —¿Mucho? —Muchísimo. —¿Quieres volver? Me miró. —A veces. —¿Y por qué no lo haces? —Porque mi familia está aquí. Y porque tengo que terminar mis estudios. —Entiendo. Se quedó callado. Después agregó: —Además, ahora tengo una razón para quedarme. Sentí que mi corazón dio un pequeño salto. —¿Una razón? Pablo me miró directamente. —Sí. Esperé. Pero no dijo nada más. —¿Y cuál es? Él sonrió. —No te lo voy a decir. —¿Por qué? —Porque si te lo digo, vas a burlarte. —No me burlaría. —No te creo. —Pues deberías. Pablo se acercó un poco. —Algún día te lo diré. —¿Algún día? —Cuando esté preparado. No insistí. Aunque por dentro sentía una enorme curiosidad. Durante el recreo, salimos nuevamente al lugar tranquilo donde habíamos estado el día anterior. Esta vez llevé mi comida. Pablo se sentó a mi lado. —¿Sabes qué pensé ayer? —¿Qué? —Que quizás deberíamos ser amigos. Lo miré. —¿Quizás? —Bueno... amigos oficialmente. —¿No lo éramos ya? —No sé. —Pues yo pensaba que sí. Sonrió. —Entonces queda oficialmente establecido. Extendió su mano. —¿Trato? Lo miré divertida. —¿Así se hacen los contratos de amistad? —Este sí. Estreché su mano. —Trato. Nos quedamos mirándonos durante unos segundos. Fue extraño. Porque ninguno soltaba la mano del otro. Sentí calor en las mejillas. Pablo también pareció darse cuenta. Finalmente soltó mi mano. —Bueno... —Bueno... Los dos reímos nerviosamente. —Esto fue raro —dije. —Un poco. —Mucho. —Sí. El silencio volvió. Pero esta vez era diferente. Ya no era incómodo. Era un silencio lleno de algo que ninguno de los dos sabía nombrar. Después de un rato, Pablo preguntó: —¿Puedo hacerte una pregunta? —Depende. —¿Por qué nunca hablas de tu familia? Mi sonrisa desapareció. —No me gusta hablar de eso. —Está bien. —¿No vas a insistir? —No. Lo miré sorprendida. —¿Por qué? —Porque me dijiste que no te gusta hablar de eso. Bajé la mirada. —Gracias. —No quiero obligarte a contarme nada. Sus palabras me hicieron recordar todas las veces que había intentado confiar en alguien y había terminado arrepintiéndome. Quizás Pablo era diferente. Pero todavía tenía miedo. —Tal vez algún día te cuente —dije. Él sonrió. —Esperaré. Cuando terminó el recreo, regresamos al salón. El resto del día pasó rápidamente. Al sonar la campana de salida, guardé mis cosas. —Nos vemos el lunes —dije. —Espera. Me giré. Pablo estaba frente a mí. —¿Qué? —¿Puedo acompañarte hasta tu motocicleta? —Claro. Caminamos juntos. Al llegar, me coloqué el casco. Pablo se quedó mirándome. —¿Qué? —Nada. —Estás mirándome raro. —Solo estaba pensando. —¿En qué? Sonrió. —En que nunca pensé que iba a conocer a alguien como tú. Mi corazón volvió a acelerarse. —¿Eso es bueno o malo? —Muy bueno. Me quedé en silencio. Pablo dio un paso atrás. —Nos vemos el lunes, Rosita. —Nos vemos. Encendí la motocicleta y me fui. Pero esta vez no pude evitar sonreír durante todo el camino. Aquella noche, mientras estaba acostada, mi teléfono vibró. Era un mensaje. Pablo: ¿Llegaste bien? Sonreí. Yo: Sí. ¿Tú? La respuesta llegó rápidamente. Pablo: Sí. Después apareció otro mensaje. Pablo: Buenas noches, Rosita. Escribí: Yo: Buenas noches, Pablo. Me quedé mirando la conversación. Había algo que quería preguntarle. Algo que llevaba todo el día rondando mi cabeza. Finalmente escribí: Yo: ¿Cuál es esa razón que tienes para quedarte? Me quedé mirando el mensaje durante unos segundos. Lo envié. Pasaron unos minutos. No respondió. Entonces apareció: Pablo está escribiendo... Esperé. Desapareció. Volvió a aparecer. Y desapareció nuevamente. Finalmente llegó un mensaje. Pablo: Algún día te lo diré. Sonreí. —Qué misterioso eres —susurré. Dejé el teléfono a un lado. Pero antes de cerrar los ojos, llegó otro mensaje. Pablo: Descansa, Rosita. Me alegra haberte conocido. Me quedé completamente quieta. Volví a leerlo. Una vez. Dos veces. Tres. Sentí una extraña felicidad en el pecho. No sabía qué significaba aquello. Y tampoco quería ponerle un nombre todavía. Pero por primera vez en mucho tiempo, me dormí pensando que quizás confiar en alguien no tenía que terminar siempre en dolor. Mientras tanto, en otra habitación, Pablo miraba su teléfono. Había escrito mucho más de lo que se había atrevido a enviar. Había borrado varias veces las palabras que realmente quería decir. Porque todavía no estaba preparado. No quería asustarla. No quería apresurarla. Solo quería estar cerca. Y, aunque todavía no lo sabía, aquel sentimiento que comenzaba como una simple amistad estaba creciendo mucho más rápido de lo que ambos imaginaban. Continuará...Capítulo 1 Mi mejor amigo Hay personas que llegan a nuestra vida sin que las estemos buscando. Algunas se quedan solamente unos meses. Otras permanecen durante años. Y existen aquellas que terminan convirtiéndose en una parte tan importante de nosotros que resulta imposible imaginar cómo era nuestra vida antes de conocerlas. Para mí, esa persona era él. Mi mejor amigo. Su nombre era Adrián. Y durante mucho tiempo pensé que tenerlo a mi lado era lo mejor que podía haberme pasado. No sabía que también sería la persona que conseguiría romperme el corazón. Pero antes de llegar a esa parte de la historia, tengo que contar cómo comenzó todo. Mi nombre es Marian Estefanía. Tenía una vida bastante normal. Estudiaba, hacía mis tareas, discutía con mi familia de vez en cuando y pasaba muchísimo tiempo con mi mejor amigo. No era la chica más popular del instituto. Tampoco me interesaba serlo. Prefería sentarme tranquilamente, escuchar música, leer cuando tenía tiempo y hablar con
un amor no correspondido Un amor no correspondido Existen amores imposibles. Amores prohibidos. Amores que llegan en el momento equivocado. Y también existen esos amores que parecen ser exactamente lo que siempre soñaste… hasta que descubres que nada era como imaginabas. Mi nombre es Marian Estefanía, y durante mucho tiempo creí que algún día encontraría a mi media naranja, a esa persona que conseguiría hacerme sentir mariposas en el estómago, que me haría perder la razón y que se convertiría en mi alma gemela. Pensé que cuando llegara el amor verdadero lo reconocería inmediatamente. Y, de cierta manera, lo reconocí. El problema era que la persona de la que me enamoré jamás podría corresponderme de la manera que yo quería. Era mi mejor amigo. Mi confidente. La persona con la que podía hablar durante horas, reírme de cualquier tontería y contarle absolutamente todo. Y sí… Era gay. ¿En serio? ¿Estás pensando exactamente lo que estás escuchando? Sí. Me enamoré perdidamen
Epílogo — Y nuestra historia continuó Habían pasado varios años desde aquel primer día en que Pablo entró al salón de clases. A veces me parecía increíble pensar que todo había comenzado de una manera tan sencilla. Una clase de Arte. Un asiento vacío. Un chico nuevo. Una sonrisa. Y una conversación que ninguno de los dos imaginaba que terminaría cambiándonos la vida. Ahora estaba sentada junto a la ventana de mi habitación, mirando unas fotografías que había guardado durante años. Sonreí al encontrar una de nosotros dos. Éramos más jóvenes. Yo tenía el cabello diferente y una expresión tímida. Pablo estaba a mi lado, sonriendo como siempre. Debajo de la fotografía había escrito una fecha. Nuestro primer día juntos. Pasé los dedos sobre la imagen. —No puedo creer que haya pasado tanto tiempo. —¿Qué haces? Escuché la voz de Pablo detrás de mí. Me giré. —Estoy viendo nuestras fotos. Se acercó y miró la fotografía. —Oh, Dios. Se rio. —Mira mi cabello. —Estaba bonit
Capítulo 23 — Nuestro amor El tiempo había pasado más rápido de lo que imaginaba. Parecía que había sido ayer cuando Pablo entró por primera vez al salón. El chico nuevo. El de los ojos azules. El que se sentó a mi lado. Nunca habría imaginado que aquella persona terminaría convirtiéndose en alguien tan importante para mí. Ahora caminábamos juntos por los pasillos del instituto como si siempre hubiéramos sido así. Pablo tomaba mi mano. Yo sonreía. Y ya no me preocupaba lo que los demás pensaran. Un día, durante el recreo, nos sentamos bajo nuestro árbol. —¿En qué piensas? —preguntó Pablo. —En nosotros. —¿Eso es bueno? —Sí. Sonrió. —¿Qué pensabas? —En cómo empezó todo. —Yo también me acuerdo. —Yo estaba sentada al fondo del salón. —Y yo era el estudiante nuevo. —Y me miraste. —Porque tú me estabas mirando primero. Abrí los ojos. —¡No es cierto! —Sí lo es. —Mentiroso. Se rio. —Me acuerdo perfectamente. Yo también sonreí. —Nunca pensé que íbamos a terminar a
Capítulo 22 — Una decisión importante El lunes comenzó con una noticia que nadie esperaba. La profesora entró al salón con una carpeta en las manos. —Chicos, necesito informarles algo. Todos dejamos de hablar. —Durante las próximas semanas tendremos varios trabajos y actividades especiales. Algunos de ustedes tendrán que trabajar en parejas. Pablo me miró inmediatamente. —Nosotros juntos. Sonreí. —Obviamente. La profesora comenzó a repartir los grupos. Cuando llegó a nuestro nombre, nos miró. —Rosita y Pablo, ustedes trabajarán juntos. Pablo levantó discretamente el pulgar. —Perfecto. Yo sonreí. Pensé que sería fácil. Pero no lo fue. --- El trabajo consistía en preparar una presentación bastante grande. Pablo quería hacerla de una manera. Yo quería hacerla de otra. —Creo que deberíamos hacerlo así —dije. —Pero creo que así quedaría mejor. —No. —Sí. —Pablo. —Rosita. Nos miramos. —Está bien —dije—. Hazlo como quieras. Él frunció el ceño. —No quiero que haga
Capítulo 21 — Un lugar en su mundo El viernes, durante el recreo, Pablo estaba más sonriente de lo normal. Lo miré con curiosidad. —¿Qué te pasa? —Nada. —Tienes cara de que estás planeando algo. —¿Yo? —Sí, tú. Pablo soltó una pequeña risa. —Bueno... quizás. —¿Qué hiciste? —Nada malo. —Eso dicen todos antes de hacer algo. —Rosita, tranquila. Tomó mi mano. —Quiero preguntarte algo. —Dime. —¿Te gustaría conocer a mi familia? Me quedé completamente quieta. —¿A tu familia? —Sí. —¿Este fin de semana? —Si quieres. Mi corazón comenzó a latir más rápido. —¿Estás seguro? —Claro. —¿Y ellos saben que voy? —Sí. —¿Y qué les dijiste? —Que eres mi novia. —Eso ya lo sé. —También les dije que eres tímida. —¡Pablo! Se rio. —Y que eres buena conmigo. Eso me hizo sonreír. —¿De verdad quieres que los conozca? —Sí. Pensé unos segundos. La idea me ponía nerviosa, pero también me hacía ilusión. —Está bien. Pablo sonrió. —¿En serio? —Sí. —Entonces mañana. —¿Mañana?







