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capitulo 8

last update publish date: 2021-04-21 04:36:07

Capítulo 8: Cuando el corazón habla

Aquella noche casi no pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la conversación con Pablo.

“Todavía tengo posibilidades.”

Quizás había sido una simple broma.

Probablemente lo había sido.

Pero entonces, ¿por qué mi corazón había reaccionado de aquella manera?

Me giré en la cama y escondí el rostro debajo de la almohada.

—No puede ser.

No quería enamorarme.

Ni siquiera estaba segura de saber cómo se hacía.

Había pasado demasiado tiempo protegiéndome de las personas como para permitir que alguien entrara en mi vida tan fácilmente.

Y Pablo lo estaba consiguiendo.

Sin obligarme.

Sin preguntarme cosas que no quería responder.

Simplemente estando ahí.

Eso era precisamente lo que más miedo me daba.

---

A la mañana siguiente llegué al instituto un poco más temprano de lo habitual.

Pensé que así tendría tiempo para tranquilizarme antes de verlo.

Pero cuando entré al salón, él ya estaba allí.

Sentado en mi lugar.

—¿Qué haces ahí? —pregunté.

Pablo levantó la mirada.

—Esperándote.

—Ese es mi asiento.

—Lo sé.

—Entonces levántate.

Sonrió.

—Buenos días para ti también.

Intenté mantenerme seria, pero terminé sonriendo.

—Buenos días.

Pablo se levantó y me dejó pasar.

—¿Dormiste bien?

—Más o menos.

—¿Por qué?

—Nada importante.

Me miró unos segundos.

—Estás rara.

—¿Otra vez?

—Sí.

—Quizás eres tú quien me pone nerviosa.

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera detenerlas.

Pablo se quedó completamente quieto.

Yo también.

—¿Yo? —preguntó.

Sentí que mi rostro se calentaba.

—No quise decir eso.

—Pero lo dijiste.

—Olvídalo.

—No puedo.

—Pablo...

Comenzó a sonreír.

—Está bien.

Se sentó.

—Pero algún día voy a preguntarte por qué.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Eres insoportable.

—Ya me lo habías dicho.

La profesora entró y nos obligó a guardar silencio.

Durante la clase intenté concentrarme, pero todavía sentía vergüenza.

¿Por qué había dicho aquello?

---

En el recreo, Pablo me pidió que lo acompañara.

—¿A dónde?

—Tengo que enseñarte algo.

—¿Qué cosa?

—Es una sorpresa.

—No me gustan las sorpresas.

—Esta sí.

Lo seguí hasta uno de los patios laterales del instituto.

Había un pequeño mural que estaban pintando algunos estudiantes.

Pablo se detuvo frente a él.

—¿Te gusta?

Lo miré.

—Mucho.

—Quiero participar.

—¿Tú?

—Sí.

—Pensé que no te gustaba el arte.

—No me gusta.

—Entonces, ¿por qué?

Se encogió de hombros.

—Porque tú dijiste que te gusta.

Lo miré sorprendida.

—¿Y?

—Quería hacer algo que pudiéramos compartir.

No pude evitar sonreír.

—Eso es lindo.

—¿Lo ves?

—¿Qué?

—Puedo ser lindo.

—No te acostumbres.

Él rió.

Después tomó un pincel.

—Ven.

—¿Qué?

—Ayúdame.

Tomé otro pincel.

Durante los siguientes minutos estuvimos pintando juntos.

Al principio era divertido.

Pero después Pablo accidentalmente dejó una mancha de pintura en mi mejilla.

—¡Pablo!

Él se echó a reír.

—¿Qué?

—¡Mira lo que hiciste!

—Te queda bien.

—¡No!

Intenté limpiarme, pero él tomó suavemente mi mano.

—Espera.

Con cuidado, limpió la pintura de mi mejilla con un pañuelo.

Me quedé inmóvil.

Su mano estaba muy cerca de mi rostro.

Nuestros ojos se encontraron.

Por unos segundos ninguno habló.

Sentí que el corazón me latía demasiado rápido.

Pablo bajó lentamente la mano.

—Ya está.

—Gracias.

—De nada.

Nos quedamos mirándonos.

Esta vez ninguno hizo una broma.

Hasta que escuchamos una voz.

—¡Rosita!

Los dos nos apartamos.

Era una de las chicas del salón.

—La profesora te está buscando.

—Ah... sí.

Me despedí de Pablo con la mirada y regresé al edificio.

Durante el resto del día no pude dejar de pensar en aquel momento.

Su mano.

Su mirada.

La forma en que había cuidado de no hacerme daño.

Era una tontería.

Solo me había limpiado pintura de la cara.

Pero para mí había significado algo.

Quizás porque nunca estaba acostumbrada a que alguien tuviera ese tipo de cuidado conmigo.

---

Al terminar las clases, salí del instituto.

Pablo estaba junto a mi motocicleta.

—¿Otra vez aquí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Quería despedirme.

Sonreí.

—Bueno, aquí estoy.

—Nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Me coloqué el casco.

Pero antes de arrancar, Pablo dijo:

—Rosita.

—¿Sí?

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro.

Parecía nervioso.

—¿Te molestó lo de hoy?

—¿Qué cosa?

—Cuando te limpié la pintura.

Lo miré sorprendida.

—No.

—¿Segura?

Asentí.

—Sí.

Pablo respiró aliviado.

—Bien.

—¿Por qué estabas tan preocupado?

Se quedó callado.

—Porque no quiero hacer nada que te incomode.

Sentí un nudo en el pecho.

—Gracias.

—No tienes que agradecerme.

—Sí tengo.

Pablo sonrió.

—Entonces... nos vemos mañana.

—Sí.

Me fui.

Esta vez, durante el camino a casa, no intenté convencerme de que no sentía nada.

Simplemente acepté que algo estaba cambiando.

Tal vez todavía no podía llamarlo amor.

Era demasiado pronto.

Pero había cariño.

Confianza.

Ilusión.

Y una pequeña esperanza.

Cuando llegué a casa, recibí un mensaje.

Pablo: ¿Llegaste?

Sonreí.

Yo: Sí.

Pablo: Me alegra.

Esperé unos segundos.

Después escribí:

Yo: ¿Pablo?

Pablo: ¿Sí?

Miré la pantalla.

Quería preguntarle algo.

Pero me daba miedo.

Finalmente escribí:

Yo: ¿Por qué te preocupas tanto por mí?

Pasaron varios minutos.

El mensaje no llegaba.

Entonces apareció:

Pablo está escribiendo...

Desapareció.

Volvió a aparecer.

Y desapareció nuevamente.

Finalmente llegó su respuesta.

Pablo: Porque me importas.

Me quedé mirando esas tres palabras.

No sabía qué responder.

Sentí una sonrisa aparecer lentamente en mi rostro.

Escribí:

Yo: Tú también me importas.

Esta vez no borré el mensaje.

Lo envié.

Y cuando apareció el doble visto, mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Pablo tardó un poco en responder.

Pablo: Buenas noches, Rosita.

Sonreí.

Yo: Buenas noches, Pablo.

Dejé el teléfono sobre la almohada.

Y por primera vez no tuve miedo de admitirlo.

Me gustaba que alguien se preocupara por mí.

Me gustaba que Pablo estuviera en mi vida.

Y quizás...

solo quizás...

mi corazón estaba empezando a hablar.

Continuará...

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