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capitulo 9

last update publish date: 2021-04-21 04:37:38

Capítulo 9: Las dudas

El martes por la mañana desperté con una sonrisa.

Todavía tenía en mente la conversación de la noche anterior.

“Porque me importas.”

Había leído aquellas palabras tantas veces que ya me las sabía de memoria.

Y aunque intentaba convencerme de que no significaban demasiado, una pequeña parte de mí se sentía feliz.

Me levanté de la cama, me arreglé y salí de casa.

Durante el camino hacia el instituto pensé en qué le diría cuando lo viera.

Quizás un simple buenos días.

Nada más.

No quería parecer demasiado emocionada.

Cuando llegué, estacioné mi motocicleta y caminé hacia la entrada.

Pablo estaba allí.

Como si hubiera estado esperándome.

—Buenos días, Rosita.

—Buenos días.

—Llegaste temprano.

—Tú también.

—Quería verte.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Ah, sí?

—Sí.

Sonrió.

—¿Eso está mal?

—No.

Entramos juntos al instituto.

Todo parecía perfecto.

Hasta que escuché una voz detrás de mí.

—Rosita.

Me giré.

Era Valeria, una de las chicas que solía molestarme.

—¿Qué quieres?

Ella miró a Pablo.

—Nada. Solo quería hablar contigo.

Pablo continuó caminando.

—Te espero en el salón —dijo.

Asentí.

Cuando se alejó, Valeria cruzó los brazos.

—¿Así que ahora eres amiga del nuevo?

—Sí.

—Qué rápido.

—¿Y eso qué importa?

—Nada.

Sonrió de una manera que no me gustó.

—Solo ten cuidado.

—¿Con qué?

—Con él.

Fruncí el ceño.

—¿Por qué?

—Porque no sabes realmente quién es.

—Tú tampoco.

—Yo sí sé algunas cosas.

Sentí una presión en el pecho.

—¿Qué cosas?

Valeria miró alrededor antes de hablar.

—Dicen que él no vino solamente a estudiar.

—¿Y?

—Que su familia tiene problemas.

Me quedé callada.

—¿Qué clase de problemas?

—No sé exactamente.

—Entonces no tienes nada que decirme.

Intenté marcharme.

—Solo te estoy avisando.

No respondí.

Caminé hacia el salón.

Pablo estaba sentado en mi lugar.

Cuando me vio, sonrió.

—¿Todo bien?

—Sí.

—No parece.

—Estoy bien.

No quería decirle lo que Valeria había dicho.

No quería comenzar a desconfiar de él por rumores.

Durante la clase intenté concentrarme.

Pero no podía.

Las palabras de Valeria seguían en mi cabeza.

“Ten cuidado.”

Al terminar la clase, Pablo me miró.

—¿Seguro que estás bien?

—Sí.

—Rosita.

—¿Qué?

—Puedes decirme si pasa algo.

Bajé la mirada.

—Una chica me dijo algo sobre ti.

Pablo dejó de sonreír.

—¿Qué te dijo?

—Que no sabes quién eres realmente.

Permaneció en silencio.

—Y que tu familia tiene problemas.

Pablo suspiró.

—Ah.

—¿Es verdad?

Me miró.

—Sí.

Aquella respuesta me sorprendió.

—¿Sí?

—Mi familia tiene problemas.

No supe qué decir.

—Pero eso no significa que yo sea una mala persona.

—Yo no dije eso.

—Lo sé.

Se quedó callado durante unos segundos.

—Mi padre tuvo problemas económicos hace algunos años. Tuvimos que mudarnos porque las cosas se complicaron.

Lo escuché atentamente.

—¿Y por eso vinieron aquí?

—Sí.

—¿Estás bien con eso?

—No siempre.

Miró hacia la ventana.

—A veces me gustaría que las cosas fueran diferentes.

Por primera vez vi una tristeza en sus ojos que no había visto antes.

—Lo siento.

—No tienes que sentirlo.

—Sí.

—Rosita...

—No quiero que pienses que creo todo lo que dicen de ti.

Pablo me miró.

—Gracias.

—Solo quería saber la verdad.

—Y te la voy a decir.

Se quedó frente a mí.

—Pero necesito que entiendas algo.

—¿Qué?

—No todo lo que escuches sobre mí será cierto.

Asentí.

—Lo mismo pasa conmigo.

—Lo sé.

Aquellas dos palabras me sorprendieron.

—¿Cómo?

—Porque yo también he escuchado cosas sobre ti.

Sentí un nudo en el estómago.

—¿Qué cosas?

—Que eres antipática.

—¿Qué?

—Que te crees superior.

—¡Eso es mentira!

Pablo comenzó a reír.

—Lo sé.

—¿Entonces por qué me lo dices?

—Porque quería que entendieras cómo se siente cuando otros hablan de ti sin conocerte.

Me quedé callada.

Tenía razón.

—Perdón —dije.

—No tienes que disculparte.

—Pero dudé de ti.

—Un poco.

Bajé la mirada.

—Lo siento.

Pablo levantó suavemente mi barbilla para que lo mirara.

—No pasa nada.

Me quedé quieta.

—Solo prométeme una cosa.

—¿Qué?

—Si algún día tienes dudas sobre mí, pregúntame.

Asentí.

—Lo prometo.

—Bien.

Sonrió.

—Y yo haré lo mismo contigo.

Sentí que algo dentro de mí se relajaba.

Quizás confiar no significaba creer ciegamente en alguien.

Quizás significaba tener el valor de preguntar antes de juzgar.

---

Durante el recreo fuimos al mismo lugar de siempre.

Esta vez no hablamos mucho.

No era necesario.

Pablo sacó su teléfono.

—Mira.

Me mostró una fotografía.

Era una playa.

El agua era azul y el cielo estaba despejado.

—¿Es Puerto Rico?

—Sí.

—Es preciosa.

—Es mi lugar favorito.

—¿La extrañas?

—Mucho.

Le devolví el teléfono.

—Algún día podrías llevarme.

Pablo sonrió.

—¿A Puerto Rico?

—Sí.

—¿Te gustaría?

—Muchísimo.

—Entonces algún día iremos.

Lo miré.

—¿Lo dices en serio?

—Sí.

Sonreí.

No sabía si algún día ocurriría.

Pero me gustaba imaginarlo.

---

Al terminar las clases, caminamos juntos hacia la salida.

Antes de separarnos, Pablo me dijo:

—Rosita.

—¿Sí?

—Gracias por confiar en mí.

Sonreí.

—Gracias por darme una razón para hacerlo.

Se quedó mirándome.

Durante unos segundos ninguno dijo nada.

Después sonrió.

—Nos vemos mañana.

—Nos vemos.

Subí a mi motocicleta.

Pero antes de arrancar, miré hacia atrás.

Pablo seguía allí.

Y esta vez fui yo quien sonrió primero.

Tal vez todavía tenía miedo.

Tal vez todavía había heridas que no habían sanado.

Pero comenzaba a entender algo.

No todas las personas que llegan a nuestra vida vienen para destruirnos.

Algunas llegan para demostrarnos que también existen personas capaces de quedarse.

Y mientras conducía hacia casa, no pude evitar preguntarme cuánto tiempo tardaría en descubrir qué lugar ocupaba Pablo realmente en mi corazón.

Porque cada día que pasaba...

su lugar parecía hacerse un poquito más grande.

Continuará...

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