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¿ESPOSA SUSTITUTA? YA NO MÁS, CEO. DAME EL DIVORCIO
¿ESPOSA SUSTITUTA? YA NO MÁS, CEO. DAME EL DIVORCIO
Author: Yosebeth Kaori 💚

Capítulo 01: Despreciada por el CEO.

last update publish date: 2026-10-08 01:56:50

Capítulo 01: Despreciada por el CEO.

~ Ashley ~

Tengo una única oportunidad.

Solo una oportunidad después de tres meses viviendo en Roma como practicante de pastelería, para convencer al chef pastelero y al CEO Grimaldi de que mi trabajo vale la pena.

Me repetía esas palabras de confianza mientras sostenía entre mis manos la bandeja con el último pastel que había horneado con tanto esfuerzo.

Había pasado días pensando en el elaborado diseño.

Noches en vela, en el pequeño departamento cubierto por la beca, intentando crear la mejor masa pastelera.

Tengo que permanecer en «Fiore di Zucchero Grimaldi» como sea.

Es mi objetivo.

Es el mejor camino para cumplir mis sueños.

Una oportunidad así solo se presenta una vez en la vida… ¡Y no pensaba desaprovecharla!

Entonces me detuve frente a las puertas dobles del salón principal del restaurante Michelin, uno de tantos establecimientos de la cadena Grimaldi, un verdadero imperio gastronómico europeo.

Inhalé y exhalé, intentando calmar mi agitado corazón.

Pero, demonios, era imposible.

Toda mi vida estaba reducida a ese momento.

A la decisión de dos hombres.

Ingresé al elegante salón, lleno de mesas vacías. Solo una estaba ocupada: la mesa del examen final.

Sobre ella se encontraban los mejores postres y pasteles gourmet preparados por nosotras, Bianca, mi compañera de prácticas, una italiana de nacimiento, y yo, Ashley Clark, una extranjera que había llegado desde Miami gracias a una beca.

Levanté la mirada y dirigí mis ojos verdes hacia los dos hombres.

El chef pastelero que me había guiado durante esos tres meses, un hombre de unos cuarenta años, cabello castaño y ojos azules, con un poco de sobrepeso y una sonrisa amable, asintió al verme.

Y entonces miré al CEO Franco Grimaldi.

Era la primera vez que lo veía.

¿Él era el hombre al frente de todo el imperio gastronómico?

Dios… Era mucho más joven de lo que imaginaba. Ni siquiera parecía haber llegado a los treinta.

Franco Grimaldi estaba sentado en una elegante silla. Mi mirada recorrió su figura mientras caminaba hacia la mesa con la bandeja entre las manos y las piernas cada vez más temblorosas por los nervios.

Tengo que calmarme.

Tengo que verme segura.

No puedo cometer un solo error.

El CEO parecía una escultura perfecta. Su sola presencia era una maldita obra de arte.

Su cabello negro, tan oscuro como la noche, estaba peinado hacia atrás, aunque algunos mechones rebeldes le daban un aire todavía más cautivador.

Su traje gris humo, probablemente hecho a la medida, combinaba perfectamente con la corbata plateada y la camisa negra. Una gabardina oscura colgaba del respaldo de su silla y, detrás de él, permanecía de pie un hombre que parecía ser su guardaespaldas o asistente.

Tragué saliva con dificultad.

Me detuve y coloqué la bandeja sobre la mesa.

De inmediato, la encargada sirvió las porciones para el chef y el CEO.

La puerta al fondo volvió a abrirse.

Giré el rostro hacia aquella dirección.

Era Bianca.

También llevaba una bandeja con su pastel, mucho más sencillo que el mío.

Hoy solo una de las dos podría quedarse.

Volví la mirada hacia el CEO mientras retrocedía un par de pasos, esperando el veredicto.

Él parecía distraído. Estaba sentado con las piernas cruzadas, como el rey de aquel enorme conglomerado, hablando por teléfono en un idioma que no era ni inglés ni italiano.

Finalmente, colgó.

Y clavó sus ojos grises en mí.

Jamás olvidaré cómo me miró.

Fue casi como si pudiera atravesar mi mente.

Una mirada demasiado larga, tan intensa que sentí que iba a interrogarme allí mismo.

Mi corazón comenzó a latir desenfrenado. Llevé una mano hasta mi pecho y tensé los dedos sobre el delantal.

Separé los labios, dispuesta a preguntar si había algún problema…

Pero él volvió la mirada hacia el chef, como si nada hubiera ocurrido.

—Comencemos.

Su voz salió calmada y elegante.

Jamás había escuchado un italiano tan cautivador, con un tono parecido a un susurro hecho para derretirse como azúcar en los oídos.

—¿Estás bien? Tu rostro está todo rojo… —susurró Bianca a mi lado después de dejar su bandeja.

Parpadeé varias veces, sintiendo el rostro arderme de vergüenza.

—Lo estoy. Mucha suerte —le deseé.

Después de todo, éramos rivales, pero durante esos tres meses también nos habíamos convertido en grandes amigas.

Finalmente, Franco probó el primer bocado del pastel de Bianca, pero no hizo ninguna expresión, su rostro permaneció completamente indescifrable, lo que solo consiguió ponerme más nerviosa.

Miré a mi amiga, que estaba pálida, y tomé suavemente su mano para darle ánimos.

Entonces Franco bebió un poco de agua, limpió sus labios con una servilleta y tomó un bocado de mi pastel.

¡Dios mío!

Dejé de respirar durante unos segundos que parecieron eternos.

El cubierto apenas tomó una pequeña porción del betún, Franco la probó sin cambiar de expresión y dejó el utensilio sobre la mesa.

Segundos después, se levantó, su asistente colocó la gabardina sobre sus hombros y él se la acomodó con absoluta tranquilidad, como si nada de aquello tuviera importancia.

El CEO volvió la mirada hacia nosotras y se dirigió a Bianca.

—¿Tu nombre?

—Bianca Caruso, señor Grimaldi.

—Felicidades. Obtienes el puesto permanente.

Bianca soltó mi mano y sonrió de inmediato.

—¡Muchísimas gracias, señor Grimaldi! Me esforzaré.

Yo me quedé congelada, él ni siquiera volvió a mirarme y comenzó a caminar hacia la salida.

Bajé la mirada hacia el plato con mi pastel.

¡El maldito ni siquiera lo había probado de verdad!

No pude contenerme.

—¡UN MOMENTO!

Todos volvieron la mirada hacia mí, mientras Franco se detenía y me observaba por encima del hombro.

—¡Ni siquiera probaste bien el mío! —exclamé, tomando el plato con las manos temblorosas—. ¡Tienes que probarlo! No puedes tirar a la basura mi trabajo de años de esta manera.

Franco se giró lentamente, su mirada recorrió mi rostro y luego descendió hasta mis manos.

Por un instante me sentí diminuta, pero la rabia fue mucho más fuerte que el miedo.

—¡Pruébalo! —exigí.

El chef pastelero me sujetó bruscamente del brazo.

—No hagas una escena, Ashley —susurró—. Mis disculpas, señor Grimaldi, no la entrené bien, no volverá a pisar ninguno de sus establecimientos.

Lo miré horrorizada.

¿Eso era todo? ¿Mi sueño terminaría así, sin siquiera una verdadera oportunidad?

—¡No! ¡No puede terminar así! —exclamé con el corazón hecho pedazos.

Franco comenzó a caminar hacia nosotros y se detuvo a menos de un metro. Era tan alto que tuve que levantar el rostro para encontrar sus ojos grises.

—Hice la prueba y no me impresionaste —dijo con una calma que resultaba todavía más cruel—. Tus habilidades son incompetentes, no estás a la altura de los pasteleros Grimaldi.

Me dio la espalda y volvió a marcharse.

La rabia me cegó, me solté del chef y corrí hacia él.

—¡Franco Grimaldi!

Su guardaespaldas se interpuso, pero ya era demasiado tarde.

Lancé el plato.

¡Pum!

Impactó directamente contra el rostro de Franco.

El salón quedó en completo silencio.

—¡Señor Grimaldi! —varias personas corrieron hacia él.

—¡A la oficina ahora mismo, Ashley! —ordenó la gerente desde el otro lado del salón.

El chef volvió a sujetarme y prácticamente me arrastró fuera.

Las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas, sabía que me echarían, pero no me arrepentía, él ni siquiera había probado mi pastel.

¿Qué tenía ese hombre contra mí? ¡Jamás lo había visto en mi vida!

………..

Horas después, la lluvia otoñal azotaba las calles de Roma cuando el taxi se detuvo frente a mi edificio.

—Llegamos.

Abrí mi cartera y observé los pocos euros que me quedaban, junto a ellos estaban mi carta de despido y la cancelación de mi beca.

Lo perdería todo.

Pagué y bajé del taxi, corrí hacia el edificio bajo la lluvia, sintiendo el agua fría mezclarse con mis lágrimas.

Mi sueño se estaba haciendo pedazos frente a mí, no quería renunciar a lo que amaba, tampoco quería volver a Estados Unidos.

Apenas entré al apartamento, mis piernas dejaron de sostenerme y caí de rodillas, golpeando la alfombra con los puños mientras las lágrimas resbalaban por mi rostro.

—¡No! ¡No quiero! ¡Maldición! ¿Por qué a mí? ¿Qué me falta? ¿Por qué no soy suficiente?

Entonces levanté la mirada hacia la pequeña mesa donde estaba la fotografía de mi madre.

Mi mamá me había criado sola y trabajado durante años como sirvienta en una finca de Miami para pagar mis estudios y ayudarme a cumplir mis sueños.

A su lado estaba el pequeño cofre que me dejó, dentro había varias cartas y un grueso collar de oro con un crucifijo, su mayor tesoro.

Después de su funeral, mi tía Clara me lo había entregado con una sola frase:

«Si algo me llega a pasar, dale esto a mi hija Ashley, Clara.»

Me levanté y tomé el cofre con manos temblorosas, lo abrí y encontré aquella carta que había leído cientos de veces.

—Te extraño, mamá… ¿Qué voy a hacer ahora?

Entonces vi algo que nunca había tocado… el sobre rojo. Recordé las palabras de mi tía:

«Prométeme que nunca abrirás este sobre rojo, hasta que yo te lo diga, Ashley»

Pero esa noche ya no tenía nada que perder. Rompí el sello y mis ojos recorrieron las primeras líneas.

[Hija mía: lamento haberte ocultado esto durante tanto tiempo.

Cuando trabajé en la finca de aquel extranjero adinerado, fui su amante por dinero… al menos al principio. Sin esperarlo, terminé enamorándome de él y él me regaló este collar.

De ese amor prohibido naciste tú. Si algún día quieres conocer a tu padre biológico, te dejo su dirección. Búscalo como Luciano De Luca.]

Me quedé paralizada.

Luciano De Luca.

Volví a mirar la dirección y descubrí que vivía en Roma.

¡Mi padre biológico era italiano!

Quizá… solo quizás… ¿podía ayudarme a permanecer en Europa?

No quería su dinero, solo necesitaba un préstamo, se lo devolvería hasta el último euro.

Por mi futuro, por mi sueño.

Iba a conocer a Luciano De Luca, y aunque tuviera que suplicarle… Yo conseguiría una oportunidad más.

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