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Capítulo 6

Author: Limon
El rostro de Nicolás se oscureció de repente y dijo:

—Elisa, ¿por qué hablas con tanto veneno? Después de todo, Noa es una chica a la que hemos visto crecer.

Noa se apoyó en el sofá para ponerse de pie, con los ojos enrojecidos, y dijo:

—Olvídalo, será mejor que me vaya.

Al ver que intentaba irse, Nicolás se apresuró a detenerla y dijo:

—Es muy tarde y estás sola. Además, tienes el pie lastimado, ¿a dónde vas a ir?

Noa bajó la cabeza y se quedó en silencio.

Nicolás se volvió hacia Elisa, con un tono de voz que denotaba clara insatisfacción, y dijo:

—Esta casa se compró con mi dinero. Creo que tengo todo el derecho de decidir quién duerme en la habitación principal y tú no tienes derecho a oponerte.

A Elisa le pareció el colmo de lo absurdo. Cuando recién se casaron, él le había prometido que todos los bienes a su nombre serían compartidos con ella y que podría disponer de ellos como quisiera. Y ahora, le decía que no tenía derecho a decidir sobre una simple habitación.

Elisa no pudo soportarlo más. Ya no estaba dispuesta a tolerar nada, así que se dio la vuelta, caminó hacia la entrada y comenzó a ponerse los zapatos.

Al verla actuar de esa manera, Nicolás se molestó y preguntó:

—¿Qué vas a hacer?

Elisa lo miró con absoluta frialdad, como si no fuera más que un extraño, y respondió:

—Ya que tú compraste esta casa y yo no tengo derecho a decidir nada, entonces me iré a vivir a otro lado.

Hacía mucho tiempo que Nicolás no la veía hacer un berrinche, por lo que se quedó pasmado por un momento.

Desde que se casaron, ella siempre había sido sumisa y complaciente, haciéndole olvidar que, antes del matrimonio, Elisa también era una chica terca y con mucho carácter.

Suspiró con impotencia, se acercó para intentar calmarla y dijo:

—Es solo una habitación, ¿qué necesidad tienes de hacer todo este drama? Conocemos a Noa desde hace años, ¿de verdad no puedes ser un poco más tolerante?

Elisa estaba realmente agotada y no tenía ganas de seguir discutiendo con él, así que se dio la vuelta y salió por la puerta.

—¡Elisa!

Nicolás estaba a punto de ir tras ella cuando, de pronto, escuchó un quejido de dolor de Noa a sus espaldas.

Al voltear, vio a Noa sentada en el suelo, con lágrimas rodando por sus mejillas y un aspecto verdaderamente lamentable.

Preocupado por el bebé que llevaba en el vientre, Nicolás regresó apresuradamente para atenderla.

***

Elisa condujo su auto hasta su propio departamento.

Al abrir la puerta y adentrarse en ese espacio que era única y exclusivamente suyo, comenzó a sentir por fin una sensación de seguridad.

En ese instante se sintió muy afortunada de no haberle hecho caso a Nicolás cuando le sugirió vender ese pequeño departamento. De lo contrario, en momentos como ese, no tendría ni siquiera un lugar donde caer muerta.

Aunque Nicolás le había comprado varias casas a su nombre, todas estaban bajo un título de propiedad compartida, por lo que no le pertenecían por completo. Hasta ahora se daba cuenta de que, en cinco años de matrimonio, de todos los costosos regalos que él le había dado, ni uno solo era completamente suyo.

Desde el momento en que la engañó con esa acta de matrimonio falsa, él siempre se había estado protegiendo de ella.

De pronto, sintió un fuerte retorcijón en el estómago.

Recordó entonces que aún no había cenado. El departamento había estado vacío mucho tiempo y no había comida en el refrigerador, así que tomó su celular y pidió algo de cenar a domicilio.

Tenía que cuidar muy bien su salud para tener la energía suficiente y exigirle a Nicolás su parte de los bienes.

Si Noa quería quedarse con la basura, ¡que se la quedara!

Pero ella no cedería ni un solo centavo de la fortuna que le correspondía.

Al terminar de comer, sonó su celular. Era una llamada de Nicolás. La rechazó de inmediato y lo bloqueó.

Luego abrió todas sus redes sociales y también agregó sus cuentas a la lista de bloqueados.

Solo después de hacer todo eso, se acostó en la cama y poco a poco cayó en un profundo sueño.

Por otro lado, al descubrir que Elisa lo había bloqueado, el rostro de Nicolás se ensombreció por completo.

Noa, acostada en la gran cama de la habitación principal, sentía que había logrado una victoria total. Hacía mucho tiempo que quería hacer algo así. Ella era la verdadera señora de la casa, ¿con qué derecho Elisa dormía en la habitación principal? Al notar el disgusto en el rostro de Nicolás, preguntó con voz suave:

—Nicolás, ¿qué te pasa?

Al verla con el pijama de Elisa, acostada en esa cama y con los cojines de su esposa tirados descuidadamente en el piso, Nicolás sintió de repente que quizás había sido demasiado duro con ella ese día.

Elisa era una persona que valoraba muchísimo su privacidad. Normalmente no permitía que Doña Teresa entrara a limpiar y siempre arreglaba la habitación ella misma. Con razón había reaccionado tan mal al enterarse de que dejaría que Noa durmiera ahí. Miró a Noa y le dijo:

—Mañana mismo enviaré a alguien a arreglar el cuarto de invitados. Será mejor que duermas ahí.

A fin de cuentas, Elisa había sido su primer amor y aún sentía afecto por ella. Tenía claro que debía buscarla y convencerla de volver.

Noa se mordió el labio y, reprimiendo la envidia que sentía, habló con un tono muy cuidadoso y dijo:

—Lo sé, hice que Elisa se enojara otra vez. Cuando regrese, le pediré disculpas. Pero también me siento mal por ti. Te esfuerzas muchísimo ganando dinero para que ella pueda vivir rodeada de lujos. Si fuera yo, tomaría cada una de tus palabras como una orden absoluta para no causarte preocupaciones. Y, sin embargo, ella se atreve a ponerte malas caras, a hacerte berrinches y hasta se va de la casa. ¿No crees que la has malcriado demasiado y por eso se aprovecha de tu amor?

Al escucharla, Nicolás no pudo evitar reflexionar.

Todos sus amigos que se habían casado con mujeres de familias comunes eran tratados como verdaderos reyes en sus hogares. Solo él cuidaba a Elisa para que no se cansara y siempre tomaba en cuenta sus sentimientos. Y ahora resulta que ella se atrevía a armarle un escándalo. Probablemente, en verdad la había consentido en exceso.

Su intención inicial era ir a buscarla para hacer las paces, pero en ese momento decidió que lo mejor era ignorarla. Cuando ella misma se diera cuenta de quién le estaba dando esa vida llena de lujos, regresaría sola con la cabeza baja.

***

A la mañana siguiente, Elisa se levantó, se maquilló, se puso un traje sastre y salió hacia la empresa con la mente despejada.

Era su primer día de regreso al trabajo después de cinco años de ausencia, y no iba a permitir que Nicolás ni Noa le arruinaran el humor.

Al ser la hora pico de la mañana, se topó con un embotellamiento.

Al ver que la empresa no estaba muy lejos, decidió pagarle al conductor del taxi por adelantado y bajarse a caminar.

En el camino, vio a una anciana que caminaba por la acera y que, de repente, se desmayó en el suelo. Varias personas alrededor miraban la escena, pero nadie se atrevía a ayudarla.

Al notar que la señora tenía muy mal aspecto y temiendo que algo grave le ocurriera, Elisa se apresuró a acercarse.

Una mujer de mediana edad con buenas intenciones le advirtió desde un lado y dijo:

—Muchacha, no es buena idea meterse con los ancianos en la calle. ¿No tienes miedo de que intente estafarte?

Elisa ignoró las miradas de los curiosos, se agachó y comenzó a revisar el estado de la anciana.

Había estudiado medicina tradicional con su abuelo desde pequeña, así que tenía la capacidad de diagnosticar y salvar vidas.

Tras tomarle el pulso, sacó las agujas de acupuntura que siempre llevaba consigo y las insertó en puntos clave para reanimarla.

Al cabo de un rato, la anciana abrió los ojos lentamente.

Los espectadores exclamaron asombrados por el milagro, aunque algunos seguían temiendo que la anciana intentara extorsionar a Elisa.

Con la ayuda de Elisa, la Doña Salazar se puso de pie y se sentó en una silla frente a la entrada de una cafetería cercana.

Poco después, la mirada de la Doña Salazar se aclaró por completo.

Al ver a Elisa, sus ojos se iluminaron de repente. Hacía poco tiempo, había ido a rezar para pedirle a Dios que le concediera un buen matrimonio a su nieto.

Esa misma noche tuvo un sueño revelador, escuchó una voz que le aseguraba que el destino amoroso de su nieto se encontraba en Villa del Río. ¡Y que, además, la futura esposa de su nieto le salvaría la vida! Por esa razón, la Doña Salazar había burlado la vigilancia de sus guardaespaldas y viajado en secreto a Villa del Río, a espaldas de toda su familia.

Con la esperanza de encontrarse con su futura nieta política, pasaba los días paseando por las calles desde el amanecer hasta el anochecer.

Esa mañana, como no había desayunado y había caminado demasiado, terminó desmayándose.

Quién iba a decir que, gracias a ese desmayo, lograría encontrar al amor de la vida de su nieto.

La muchacha era verdaderamente hermosa, ¡incluso más bella que una estrella de cine! Sujetó con fuerza la mano de Elisa y le preguntó:

—Muchacha, gracias por salvarme. ¿Cómo te llamas? ¿Cuántos años tienes? ¿En dónde vives?

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