Enzo arrugó el entrecejo y miró a Celia. Ella, fingiendo que nada había pasado, se rascó la mejilla y sonrió sin decir nada. César colocó sus dedos sobre la tapa de la tetera y se sirvió también una taza de té.—Si no quiere separarse de Celia, también puedo quedarme en Ficus con ella para cuidar de ustedes.—Si no recuerdo mal, eres el único hijo que le queda a los Herrera. —Enzo tomó un sorbo de su taza—. ¿Tu familia permitiría que te quedes en Ficus?Los dedos de César, que sostenían la taza, se detuvieron un instante. Luego alzó la vista y, con un tono sereno pero con una firmeza incuestionable, dijo:—Es cierto que el legado de los Herrera necesita quien lo administre. Pero la transmisión familiar no solo se trata de un simple problema de negocios, sino también de las personas. Mis padres no son irrazonables. Si insisto, lo entenderán y lo aceptarán. Además, esté en Ficus o en la capital, no me será difícil trasladarme entre ambas ciudades. Solo será un poco más agotador, pero esa
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