—Desperté hace rato. Como te vi tan dormida, no quise molestarte. —Enzo dobló el periódico y miró a César—. Joven, tienes mucha paciencia, la verdad.César sonrió.—Lo tomaré como un cumplido, señor.Celia se llevó la mano a la frente. No esperaba esa situación causada por su siesta…—Papá, ¿tienes hambre? ¿Quieres que te compre la cena?Antes de que Enzo pudiera responder, César se adelantó.—Ya encargué la cena. Podemos pedir que la traigan en el momento que queramos.—¿Tan rápido? ¿Y por qué no estoy enterada? —preguntó ella, extrañada.Enzo puso una cara de desdén fingido.—Tú, que dormías como un tronco, ¿cómo ibas a saberlo? Si te esperamos para cenar, ya me habría muerto de hambre aquí mismo.Celia esbozó una sonrisa incómoda. César hizo una llamada y, al poco tiempo, llegó el pedido. Por el logotipo de las bolsas, parecía un menú saludable de un restaurante de alta categoría. Enzo lo miró.—Vaya, qué buen detalle. Y encima es bajo en sal y grasas. Gracias.César respondió con n
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