—¡No es así! ¡Yo no…!Rocío negó con la cabeza, presa del pánico, mientras palidecía todavía más.—Rocío, pregúntate a ti misma: si no hubieras llegado a este punto, ¿me pedirías perdón?Ella quedó callada con los labios temblándole. Las lágrimas caían una tras otra sobre sus manos, manchándolas.Las palabras de César eran como un cuchillo que atravesaba el miedo más profundo que ella guardaba en su interior. Era cierto que tenía miedo: miedo de enfrentar las consecuencias legales, a quedarse sola, sin nadie a quien aferrarse, sin excusas para salvarse. Todo su llanto y sus quejas con César no eran más que un intento desesperado por conseguir algo de compasión para encontrar una salida.—Rocío, en el pasado fui sincero contigo, a pesar de que eras hija de Macarena. Eres consentida y caprichosa, pero mientras no cruzaras mis límites, podía hacer la vista gorda.—¡Pero por culpa de Celia me enviaste al extranjero! —Rocío, por fin, le gritó todo el resentimiento que llevaba dentro—. Si no
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