En ese preciso instante, una agente abrió la puerta y entró.—Señorita Morales, ya puede retirarse.Lía permaneció unos segundos desconcertada.—¿No requieren alguna declaración adicional? ¿Ya terminó todo?—Así es, el trámite finalizó. Ya puede irse. Hay alguien esperándola afuera.Lía se puso de pie. Al cruzar el umbral, se detuvo un instante para dirigirle una sonrisa a la oficial.—Le agradezco infinitamente, oficial. Lamento las molestias ocasionadas.Abandonó la comisaría a paso ligero. Al alcanzar la escalinata principal, divisó un auto estacionado justo enfrente. Descendió a toda prisa los peldaños, pero al aproximarse y notar cómo descendía la ventanilla, la amplia sonrisa se le congeló de golpe en la cara. Al reconocer a Nicolás al volante, se detuvo en seco, dio media vuelta y apretó el paso para irse del lugar. Él descendió del automóvil con parsimonia y la llamó:—Lía, César me pidió que te llevara a casa.Ella se detuvo, tomó aire profundamente, giró sobre sus talones y,
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