—Vale.***Residencia de la familia Herrera.Carlos terminó la llamada y encendió un cigarrillo.Frente a él, sentado, estaba Vicente.Durante todo el tiempo que su padre había mantenido contacto con Sebastián, Vicente no podía evitar sentir admiración. Al fin y al cabo, era su viejo: capaz de ocultar cualquier desagrado o rechazo sin que se le notara ni un ápice, sin permitir que sus emociones se transparentaran. Él mismo aún necesitaba mejorar en eso. De lo contrario, probablemente Isabella lo volvería loco a diario.Mirando a su padre, que ya superaba los cincuenta, pensaba que en la Capital, sin importar cómo se ordenaran las familias, los Herrera eran, sin duda, la cúspide. Y de todos ellos, Carlos Herrera era la figura más prominente.Aunque provenía del mundo empresarial, había logrado vincularse estrechamente con el Estado, avanzando con su apoyo. Ahora, las marcadas arrugas en las comisuras de sus ojos solo añadían a su autoridad incuestionable. En los últimos dos años,
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