La amargura de esa caída en desgracia envolvió casi por completo a Mónica, haciéndola sentir una fuerte sensación de asfixia.Durante toda su vida, ella había sido la que brillaba. Incluso con Valeria presente, siempre había podido mantenerse a la par. Sus amigas, los mayores que la conocían, incluso comerciantes e invitados de otras ciudades o del extranjero, todos la elogiaban, la admiraban. Se había esforzado al máximo, estudiado, enriquecido, todo para estar a la altura de esos elogios que recibía.Pero, ¿cómo era que todo su esfuerzo había sido destruido tan fácilmente por Valeria? No había fallado a alguna de las personas presentes. Antes, todas decían palabras grandilocuentes, hablaban de amigas íntimas, decían que podía luchar abiertamente, que no era vergonzoso. ¿Por qué ahora, cuando ella al fin se decidía a pelear, todas le daban la espalda y ponían distancia?Mónica pensó que estas personas eran hipócritas. Tan hipócritas que le daban asco, que le repelían.Mónica se
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