Camila ya no podía controlar sus nervios. Intentaba mantener la calma, pero las lágrimas se le escapaban por el rabillo de los ojos sin que pudiera evitarlo.Gabriel, fuera de sí, arrastró al hombre hasta colocarlo junto a Camila.—¿No se podía cambiar de asiento? Pues siéntate ahí.Apretaba el cañón contra la sien del tipo con tanta fuerza que parecía que iba a atravesársela.—¿Cambiar de asiento? Qué bien lo piensan. Con que haya una mínima desviación, todos mueren. Y si yo me voy a morir, ¿por qué haría lo que ustedes dicen?El hombre, aunque tenía el arma pegada en la cabeza, mantenía la voz tranquila.Tenía miedo a morir, pero era un delincuente acostumbrado a jugarse la vida.Si llegaba el momento, al menos prefería morir de una vez.Sergio, temiendo que Gabriel se dejara llevar, intervino de inmediato:—No va a cooperar contigo. Aunque lo mates, no servirá de nada. Además, cambiar de asiento es muy peligroso.La respiración de Camila se entrecortaba. Se aferró al asiento, cerró
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