Pero la abuela no se detuvo después de aquel azadonazo. Siguió arremetiendo contra Ernesto, que volvió a salir a rastras, muerto de miedo y llorando a gritos como un niño.Al verlo, Eugenia se olvidó hasta del dolor y huyó con Ernesto. La abuela, apoyada en el azadón a la entrada del jardín, les gritó mientras huían:—De hoy en adelante, si ustedes dos, animales, se atreven a volver a meterse con Oli, yo misma me encargo de ustedes, malparidos.Olivia, preocupada de que a su abuela le pasara algo, ya había salido tras ella. Al escuchar esas palabras, aunque fuera en un sueño, sintió una calidez inconfundible.Corrió hacia ella, la abrazó por detrás y apoyó la cabeza en su hombro.—Abuelita, ya se fueron.La abuela se volvió, soltó el azadón y abrazó a Olivia con lágrimas en los ojos.—Oli, no supe educar bien a tu papá. Es mi culpa.Olivia negó.—No, abuelita.La abuela no tenía la culpa. Si los dos eran sus hijos, ¿por qué Lorena había salido tan buena?—Quédate tranquila —dijo la abu
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