Héctor no dijo nada y la siguió.No habían avanzado mucho dentro del conjunto cuando Julieta, ya sin fuerzas, bajó a Sofía. Le tomó la mano, y Sofía, con la otra, tomó la de Héctor.Caminaron así hacia el edificio.De vez en cuando, Sofía jalaba de ambos, colgándose como si estuviera en un columpio. Su sonrisa no se borraba.Al menos, en ese momento, podían compensarle un poco.Llegaron a casa de Leopoldo.Juana, la esposa, no se sorprendió al ver a Héctor y a Sofía, pero la presencia de Julieta sí la tomó por sorpresa.—Héctor, Sofía... pasen, por favor.El Dr. Leopoldo tenía ochenta años.Era un especialista de primer nivel en cardiología pediátrica.Aunque ya debía estar retirado, aún acudía al hospital dos veces por semana.Ese día descansaba en casa.—Buenos días, Dr. Leopoldo —saludó Sofía con educación.Su carácter siempre agradaba a los mayores. Leopoldo no pudo evitar abrazarla.—Ya creciste.Sofía sonrió y lo presentó:—Ella es mi mamá.Julieta se acercó.—Mucho gusto, Dr.
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