—Claro que sí, Cecilia, tu mamá y yo somos muy buenos amigos —dijo Marcos, poniéndose a su altura para mirarla directamente a los ojos—. Y desde este momento, tú y yo también somos amigos, ¿te late?—¡Sí! ¡Qué padre! ¡Mami, mami, tengo un amigo nuevo! —exclamó Cecilia, dando saltitos de pura emoción.Noelia sintió cierta inquietud, pero no quería arruinarle la alegría a su hija, así que solo pudo forzar una sonrisa y decir:—Qué bueno, mi cielo.—Tío Marcos, no te vayas, espérame aquí que te traigo un regalo —le soltó la niña antes de salir disparada.Noelia y Marcos se quedaron solos bajo la sombra del azufaifo, junto al columpio que aún se mecía un poco. Él se le quedó viendo en silencio. Después de varios días de no tenerla cerca, notó de inmediato que traía ojeras, como si el cansancio le estuviera pasando factura.—¿Y bien? ¿Ya terminaron de empacar y enviar todas las uvas? —preguntó Marcos, rompiendo el hielo.—Sí, por fin. Pero... ¿usted cómo lo sabe, señor Leiva? —preguntó ell
Magbasa pa