Como la quimioterapia provocó la caída del cabello y eso se parecía a varias de las señales del envenenamiento por talio, ni siquiera el abuelo Roberto notó nada raro.Desde que el veneno hizo efecto hasta su muerte pasaron apenas seis meses. Vanessa escuchó todo aquello con el corazón hecho pedazos. ¡Estos tres, peor que animales!Vanessa no podía dejar de pensar en el suplicio que su papá padeció en la cama del hospital; al final, cuando murió, estaba en los huesos.Era un hombre alto y corpulento que, al morir, tenía la muñeca tan delgada que ella podía rodeársela con una sola mano.Vanessa sentía un dolor insoportable. El dolor le oprimía el pecho, las lágrimas le caían a chorros y los fulminó con la mirada:—¡Ustedes, todos merecen morir!Al ver su mirada, los tres sintieron una incomodidad inexplicable.—Maldita bastarda, ya que lo sabes todo, firma de una vez, desactiva el sistema de alarma y te mando al otro mundo.Yolanda, con una sonrisa siniestra, la apuró.—Ya no tienen esc
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