Rafael bajó y se metió en el auto. Ricardo, al volante, habló:—Señor Cisneros, ¿volvemos a San Pedro?Rafael levantó la mano, miró su reloj y vio que ya eran las nueve de la noche.—A casa de los Cisneros.Ricardo no dijo nada más y arrancó. En menos de una hora, Rafael apareció en el recibidor.Le ordenó al mayordomo que reuniera a todo el servicio doméstico y mandó a sus hombres a interrogarlos uno por uno.El alboroto fue tan grande que despertó a Yolanda, que ya se disponía a dormir.Apareció frente a Rafael con un camisón y un chal sobre los hombros, la larga melena ondulada y la cara sin maquillaje, lo que la hacía ver varios años mayor.—Tanto tiempo sin venir y, apenas regresas, pones la casa de cabeza. Rafael, ya veo que se te subieron los humos; cada vez tomas menos en cuenta a tu propia madre.Yolanda protestó furiosa, aunque ya sin la arrogancia de antes. Esos días, Édgar Cisneros se encontraba fuera de la ciudad cerrando un negocio, lejos de Cartaluz, así que tampoco sabí
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