Alessandro se dejó caer en la silla de su oficina. Sentía que las sienes le ardían y un dolor de cabeza había comenzado a embargarlo. Cerró los ojos con fuerza, tratando de disipar la imagen de Amelia desafiándolo, una visión que se repetía en bucle detrás de sus párpados. La rabia, lejos de apagarse, se había transformado en una vibración constante bajo su piel. —No, no te daré el divorcio para que vayas y te revuelques con quien te dé la gana, —se dijo a sí mismo en la oscuridad de su mente, apretando la mandíbula hasta que el dolor en los oídos se volvió insoportable. —Además, no voy a perder ese dineral; sería un suicidio financiero y una humillación pública que no estoy dispuesto a tolerar bajo ninguna circunstancia. Sí, eso es lo más importante para mí, el dinero, —reafirmó con cinismo, aunque en el fondo una parte de él sabía que el dinero no era lo único que lo estaba haciendo retener a esa mujer con tanta saña.Pensó jugando con el lapicero que había tomado entre sus manos,
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