El sábado tres de octubre, a las once y media, el patio de Lavapiés tiene ciento ochenta sillas plegables blancas y un olor que no se olvida.Cal nueva. Madera encerada. Geranios recién plantados en las jardineras de la galería del primer piso. Y debajo de todo eso, muy al fondo, el olor a piedra vieja que ninguna restauración consigue quitar del todo.Tampoco lo intentamos. Era la condición.Estoy de pie junto a la escalera principal. Traje gris. Zapatos planos, porque llevo tres años subiendo andamios con zapatos planos y hoy no voy a cambiar. El discurso en el bolsillo interior de la chaqueta. Cuatro folios. No los voy a leer. Pero los llevo.El público llega en oleadas.Primero los vecinos. La señora Remedios, del segundo del edificio de al lado, que llevaba tres años quejándose del ruido de la obra y hoy llega con un vestido de flores y un abanico, y me da dos besos sin preguntar. El dueño de la frutería de la esquina. Los niños del colegio público de la calle Sombrerete, con su
Last Updated : 2026-10-01 Read more