Jorge miró a los dos chicos con una expresión difícil de descifrar.Yo sonreí y dije:—Chicos, ellos son sus papás. Vayan con ellos.Hugo Meza, medio desorientado, se le dibujó una sonrisa enorme y se lanzó a abrazar a Elvia.—¡Mamá! ¡Jajaja! ¡Mamá!Se le chorreaban mocos, lágrimas y baba, empapándola. Elvia gritó y lo empujó con asco.—¡Quítate! ¡Qué asco!Hugo trastabilló. Pedro Meza, detrás de él, lo sostuvo al instante y se quedó mirando a Elvia con una sombra oscura en los ojos.Yo, disfrutándolo sin disimular, solté:—¿Qué pasa? ¿Porque tu hijo no entró a la mejor universidad, ya ni lo reconoces?Ante mi sarcasmo, Elvia se tragó la rabia como pudo.—Si es mi hijo, claro que lo reconozco.Ese día había decenas de parientes de los Martínez. Por más que Jorge y Elvia no quisieran, tenían que fingir delante de todos que eran padres amorosos.Elvia me clavó la mirada.—¿Por qué mis dos hijos terminaron así? ¿Tú los maltrataste?Me encogí de hombros, indiferente.—¿Y yo qué sé? A lo me
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