—¿No estás molesto?—¿Por qué habría de estarlo?Javier siguió limpiando el piso con la toalla. Sus dedos, pálidos y limpios, se tiñeron de rojo por el vino, pero a él no pareció importarle en lo más mínimo.—Lo que te preocupa es totalmente razonable. Entre las obligaciones de un matrimonio también está el respeto mutuo. Y como tu esposo, creo que debo respetar lo que piensas.¿Y eso era, para él, tratarla con respeto y cortesía?Sonia pensó que, en realidad, aquello no le desagradaba en absoluto.Las pestañas de Javier le sombreaban los ojos, largas y rectas, como plumas oscuras. Ella lo observó en silencio, con los ojos húmedos y brillantes.De pronto, él levantó la mirada. Sus ojos eran negros, profundos, insondables. La miró de frente y dijo:—Tarde o temprano, vas a ser mía.Qué manera tan dominante de decirlo.Las pestañas de Sonia temblaron ligeramente.La luz de la habitación se apagó y todo quedó a oscuras.Los dos estaban acostados en la cama, cada uno en un extremo.La puer
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