No sabía de dónde Lara había sacado a semejantes matones.Esos tipos eran brutos y violentos.Voltearon todo lo que encontraron en la sala: los platos, los floreros, las sillas y la mesa.Una tras otra, las piezas se estrellaban contra el suelo, llenando la casa de ruido.Victoria estaba atónita, quiso detenerlos, pero ya era tarde:—¿¡Están locos!?—¡Todo esto es parte de la colección de años de la dueña de esta casa! ¡No pueden hacer esto!—¡Lara, diles que paren!Lara tenía los ojos brillantes.Lejos de detenerlos, agarró un florero de esmalte sobre la mesa y lo estrelló con fuerza:—¡Sigan! ¡Destrocen todo!—¡Hugo se atrevió a traicionarme y a esconder a una mujer aquí! —Pues que sepa que yo, Lara, le voy a hacer pagar cada cosa.Lara parecía una loca, con el cabello revuelto.Ver cómo aquellos muebles valiosos y plantas eran destruidos por esos hombres desesperaba a Victoria.Intentó detenerlos con todas sus fuerzas, pero la empujaron con violencia.Perdió el equilibrio y cayó ha
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