La adicción comenzó con pequeños lapsos de comportamiento, grietas casi imperceptibles en la estructura de acero que Lorenzo Moretti había construido a su alrededor. Bajo el cegador sol milanés, que bañaba el ático en una luz blanca e implacable, la fachada del matrimonio de conveniencia se había transformado en algo mucho más oscuro y adictivo: una dependencia mutua que florecía en el secreto de las sombras domésticas. En público, eran la pareja dorada de las infraestructuras italianas; en privado, se habían convertido en amantes clandestinos dentro de su propia fortaleza, prisioneros de un deseo que no figuraba en ninguna cláusula.La rutina de encuentros secretos se estableció de forma orgánica, como si el cuerpo de uno reconociera el magnetismo del otro a través de las paredes. Lorenzo, que siempre había valorado la predictibilidad de su agenda, ahora se descubría saboteando sus propias reuniones para conseguir diez minutos extra antes de la cena en la suite de Sofia. No había flo
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