Me convertiría en un títere a su merced, en un simple apéndice condenado a permanecer siempre a su lado, sin tener jamás una vida que realmente me perteneciera.—La decisión es muy simple. ¿Para qué seguir dándole vueltas a esto? Si de verdad queremos ser felices en el futuro, divorciémonos.En el Registro Civil iba y venía mucha gente. ¿Cuántas historias de amor, odio y heridas habrían llevado hasta allí a cada una de esas personas?Cecilia guardó silencio durante largo rato. Al final, las lágrimas de arrepentimiento le rodaron por el rostro y, con la mano temblorosa, firmó su nombre, sin rastro de la arrogancia de antes.Sonreí, por fin aliviado.—Al fin soy libre. Y tú también.A lo largo de los años, había preparado para Cecilia incontables documentos que ella firmaba casi sin mirar, pero siempre había sido por trabajo, sin que nada me removiera por dentro.Esta vez, en cambio, sentí que el aire fresco me llenaba los pulmones.Después del divorcio, me recorrió una sensación extraña
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