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Treinta y Tres Bodas, Un Divorcio
Treinta y Tres Bodas, Un Divorcio
Author: Fabiola

Capítulo 1

Author: Fabiola
Después de la fiesta por el éxito de su caso número novecientos noventa y nueve, Cecilia me dijo que volvería a faltar a nuestra boda por trigésima segunda vez.

Aquella celebración había sido organizada con esmero por Leonardo.

En el evento, todos creían que él era su novio.

—Cecilia y Leonardo crecieron juntos, hacen una pareja perfecta. Con este ambiente, lo raro sería que no se dieran un beso, ¿no?

—¡Sí! ¡Que se besen! ¡Que se besen!

Los gritos de ánimo llegaron hasta mis oídos.

Y yo, su esposo legal desde hacía tres años, a quien ella nunca había querido reconocer en público, solo pude quedarme encogido en un rincón, viéndola mirarlo con ternura antes de besarlo.

Cuando terminó la fiesta, para evitar que nuestra relación quedara al descubierto, me adelanté y la esperé en la esquina junto al hotel.

Un auto negro se acercó despacio. La ventanilla se bajó y dejó ver el rostro dormido de Leonardo en el asiento del copiloto.

Cecilia me miró con esa naturalidad suya de siempre, como si todo fuera lo más lógico del mundo.

—Vuelve a casa por tu cuenta. Tengo que llevar a Leonardo a la suya.

Bajé la mirada y guardé silencio.

Cecilia tenía una obsesión casi enfermiza con la limpieza. Nunca permitía que en su auto quedara el olor de otra persona.

Una vez, por un capricho suyo, ofendió a un cliente. Tuve que beber hasta enfermarme para disculparme en su nombre.

Cuando todo terminó, ella frunció el ceño y me dijo con evidente repulsión:

—Apestas. Vuelve por tu cuenta.

Ese día, me dejó solo en las afueras, bajo una nevada. Caminé cuatro horas antes de llegar a casa.

Y ahora, Leonardo, borracho, dormía tranquilamente en su asiento del copiloto.

Así que sus reglas solo existían para mí.

Sonreí con amargura y me esforcé por mantener la voz serena.

—¿Mañana sí vas a presentarte a la boda?

Cecilia dudó un instante antes de responder:

—Esta noche seguro tendré que cuidar de Leonardo. Mañana no llegaré a tiempo, así que mejor cancelémosla.

Sentí que algo se me helaba en el pecho, pero aun así asentí suavemente.

—Está bien.

Hice una pausa, saqué un documento de mi maletín y se lo tendí.

Quizá por remordimiento, Cecilia ni siquiera lo leyó. Tomó el bolígrafo y estampó su firma sin más.

Luego me miró y prometió con voz suave:

—Mañana, cuando vuelva a casa, te compraré tu postre favorito.

Después de decir eso, arrancó el auto y se fue.

***

Cuando Cecilia volvió a casa, ya era mediodía del día siguiente.

Estaba de pie frente al espejo. En su cuello largo y esbelto se marcaban claramente los chupetones que Leonardo le había dejado.

De pronto, se quedó quieta, ladeó apenas la cabeza y, a través del espejo, me miró. Yo estaba sentado al borde de la cama.
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