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Capítulo 2

Author: Fabiola
—¿Qué era eso que me hiciste firmar ayer?

Levanté la vista. Una emoción difícil de nombrar me atravesó por dentro, pero enseguida recuperé la calma.

—¿No preguntaste antes de firmar y se te ocurre preguntar hasta ahora?

—Solo me acordé de repente. Además, eres mi esposo. ¿Acaso debería temer que me hagas daño?

Cecilia sonrió con despreocupación.

Bajé la mirada para ocultar la burla en mis ojos.

—¿Y si lo que firmaste fue nuestro acuerdo de divorcio? ¿O una cesión de todos tus bienes?

Al oírme, la expresión de Cecilia se tensó al instante. Frunció el ceño, con un rastro de nerviosismo y molestia.

—¿Me estás tomando el pelo?

Se acercó, se sentó de lado en mi regazo y dijo con dulzura, aunque con absoluta firmeza:

—Lo sabes. Si me dejaras, me volvería loca. Si tuviera que escoger entre esas dos cosas, preferiría que fuera la cesión de bienes.

Cecilia me miró con un cariño imposible de disimular.

Sabía que hablaba en serio. Cecilia de verdad creía que no podía vivir sin mí.

Y por eso mismo, mi "broma" también era verdad.

Lo que le había hecho firmar era, precisamente, el acuerdo de divorcio.

Cinco años persiguiéndola, tres años de matrimonio. Lo mío con Cecilia por fin iba a terminar.

***

Por la tarde, al llegar al bufete, fui directo al departamento de Recursos Humanos para entregar mi carta de renuncia.

La encargada levantó la cabeza y, al ver que era yo, mostró una expresión de sorpresa.

—Salvador, ¿de verdad lo pensaste bien? Eres quien más tiempo lleva trabajando con Cecilia. Entre nosotros siempre decíamos que, aunque el bufete se viniera abajo, tú jamás te irías. ¿Por qué ahora, tan de repente…?

No terminó la frase.

Bajé la mirada. Hasta anteayer, yo también lo creía. Cecilia y yo habíamos levantado aquel bufete desde cero.

Nos esforzamos juntos, luchamos juntos.

Cuando conseguimos nuestro primer caso, Cecilia usó los honorarios para invitarme a una cena de lujo.

Aquel día, cenamos en un restaurante del piso cincuenta y cuatro, observando el tráfico moverse bajo las ventanas.

Cecilia se acurrucó contra mi pecho y dijo que, en esta vida, se sentía afortunada de tenerme a su lado.

Esbocé una sonrisa tenue.

—Cada uno tiene su camino. Mi decisión está tomada.

La encargada me miró con visible pesar.

—Si ya lo decidiste, te deseo lo mejor.

Le di las gracias en voz baja y salí de la oficina.

Apenas regresé a mi escritorio, mi teléfono vibró con una notificación.

Lo tomé y vi que Leonardo había publicado algo.

En la foto, Cecilia dormía en la cama, con un rostro sereno y apacible.

El texto decía:

"Anoche bebí de más. Menos mal que Cecilia me cuidó personalmente. Como recompensa, le dejé un besito".

Para asegurarse de que yo lo viera, incluso me etiquetó directamente.

No era la primera vez que Leonardo hacía algo así. De cada diez publicaciones que hacía, en tres me etiquetaba sin disimulo y las otras siete las configuraba para que solo yo pudiera verlas.

Antes, esas provocaciones baratas bastaban para sacarme de quicio.

Discutía con Cecilia y armaba escándalos.

Y cada vez, ella me respondía con total ligereza:

—Leonardo y yo solo nos acostamos. Tú eres mi esposo. No seas tan mezquino.

Cecilia estaba convencida de que yo la amaba y jamás la dejaría.

Por eso me hería sin ningún reparo.

Sonreí, aunque por dentro la amargura todavía me apretaba el pecho.

De pronto, una compañera soltó una exclamación a mi lado.

—Miren, llegó el novio de Cecilia.

Miré hacia donde ella miraba.

Leonardo, vestido con un traje hecho a medida, entró en la oficina de Cecilia como si no hubiera nadie más alrededor. Poco después, las persianas se cerraron y bloquearon por completo la vista desde afuera.
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