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Capítulo 3

Author: Fabiola
Bajé la mirada y, sin querer, mis pensamientos volvieron al pasado.

En aquel entonces, Cecilia me tenía contra el escritorio de la oficina. Había un brillo extraño en sus ojos cuando sonrió y dijo:

—¿No sientes que esto parece una aventura a escondidas? Qué emocionante.

Su sudor caía sobre mi pecho. Cuando se dejó llevar por el placer, me abrazó y me prometió con dulzura:

—Cuando celebremos la boda, haré pública nuestra relación.

Me reí con amargura del hombre que había sido entonces. Qué tonto fui. Creí una y otra vez en sus dulces promesas y dejé que me engañara treinta y dos veces.

Pero al rozar con los dedos el acuerdo de divorcio y mi carta de renuncia, lo tuve claro.

No habría una próxima vez.

***

Dos horas después, mientras terminaba de dejar mis asuntos pendientes en manos de mis compañeros, Cecilia me envió un mensaje.

"Tráeme un café."

Era sumamente exigente. Todo tenía que quedar exacto: la cantidad de azúcar, la intensidad y hasta el punto de amargor.

En todo el bufete, solo yo sabía prepararlo justo como a ella le gustaba.

Suspiré y fui a prepararlo.

Lo que no esperaba era encontrarme con Leonardo.

Al verme entrar, esbozó una sonrisa cargada de desprecio.

—Vaya, últimamente te controlas cada vez mejor. Pensé que hace rato ibas a entrar a la oficina para sorprendernos en pleno acto.

Mientras hablaba, levantó deliberadamente el mentón, dejando al descubierto los arañazos que le marcaban el cuello.

—¿Ah, sí? —Bajé la mirada y tomé los granos de café—. ¿Quieres una taza? Estos granos son buenos.

Mi calma lo dejó desconcertado. Me recorrió de arriba abajo con la mirada, como si estuviera viendo a un monstruo.

—¿Qué te crees? ¿De verdad crees que Cecilia no se va a divorciar de ti? Te voy a decir la verdad: en aquel entonces, aceptó casarse por lo civil contigo solo para seguirme el juego. Si no, ¿por qué crees que se casó contigo ante la ley, pero nunca quiso celebrar una boda?

—¡Leonardo, deja de decir tonterías!

Cecilia apareció de pronto.

Su expresión cambió apenas, y miró a Leonardo con evidente reproche.

Pero él, lejos de enojarse, le pasó un brazo por la cintura y habló con voz melosa.

—¿Dije alguna mentira? En ese momento aceptaste casarte con Salvador solo para hacerme feliz.

El rostro de Cecilia se tensó con una mezcla de emociones. Parecía querer explicarse, pero abrió la boca varias veces y, aun así, no logró decir una sola palabra.

Evitó mi mirada una y otra vez; la culpa y el desconcierto se le notaban en el rostro.

Me quedé inmóvil en mi lugar, con las palabras de Leonardo repitiéndose una y otra vez en mis oídos.

Entre Cecilia y yo, siempre había sido yo quien daba el primer paso. La perseguí durante cinco años, desde aquella confesión torpe y juvenil hasta el día en que reuní el valor para pedirle matrimonio.

Ella siempre mantuvo la misma actitud ambigua: no me rechazaba, pero tampoco me aceptaba de verdad.

El día que Cecilia me propuso casarnos por lo civil, estuve tan feliz que no dormí en toda la noche.

Creí, lleno de ilusión, que por fin había logrado conmoverla; que, en el fondo, sí había un lugar para mí en su corazón.

Pero ahora, la cruel realidad hizo pedazos todas las fantasías que alguna vez alimenté.

Esbocé una sonrisa amarga y burlona, y deslicé la taza de café recién hecho hasta dejarla frente a Cecilia.

—Listo. Me voy.

Después de decir eso, ignoré su expresión nerviosa y me marché en silencio.

Por la noche, justo cuando estaba por descansar, el teléfono empezó a sonar.

Era Cecilia.

—Lo de Leonardo esta tarde fue una tontería. No le hagas caso.
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