Rosita no paraba de llamarlo papá.Y ella, la esposa legítima, parada ahí, parecía haberse convertido en la amante que estaba destruyendo su familia.Sin querer seguir lidiando con ellos, Cecilia tomó su maleta y se marchó sin mirar atrás.A sus espaldas, escuchó la voz de Rocío, fingiendo preocupación:—Leonardo, Cecilia se fue. Ve a traerla de vuelta. Esta casa es de ella. Si alguien tiene que irse, somos nosotras.Leonardo se quedó en el mismo lugar, furioso, con las palabras de Cecilia deseándole la muerte resonando en su cabeza.¿De verdad le había dicho que se muriera?La había mantenido a cuerpo de reina, comiendo y viviendo a costa de él, y así era como le pagaba.—Déjala ir. Quiero ver cuánto tarda en regresar. Sin mí, no tendrá ni para comer. Está demasiado acostumbrada a vivir entre comodidades. Ya es hora de que aprenda lo que cuesta la vida.Leonardo estaba realmente enfurecido.A partir de ese día, cancelaría sus tarjetas. Si le gustaba hacer un escándalo, que siguiera ha
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