Treinta y seis horas atado a una silla de madera sencilla… Dominic Valeron había permanecido allí todo ese tiempo. Aconite le había permitido mirar. Le había dejado ver en qué se había convertido su hija, todo por su avaricia… por su monstruosidad. Le había dejado observar mientras la alimentaba, con suavidad, con cuidado, solo para mantener la fuerza en sus huesos. —Esto es lo que querías, ¿verdad? —La voz de Aconite era baja, espesa de asco—. Personas como muñecos… sin mente propia, moviéndose solo cuando tirabas de los hilos. Así era, ¿no? Empujaste a tu esposa a la tumba. Casi matas a tu propia hija. Y aún no fue suficiente… pusiste en peligro a tu nieta y a sus hijos no nacidos. Dominic no dijo nada. Los ojos permanecían fijos en Cassandra, que seguía mirando hacia la ventana, la mirada flotando mucho más allá del cristal. Su mente estaba en otro lugar por completo… perdida, a la deriva. —¿Cuándo pararás? ¿Cuando nazcan tus bisnietos? ¿Seguirás tirando de los hilos entonces? D
آخر تحديث : 2026-10-13 اقرأ المزيد