Don Alfredo me mandó al pueblo el viernes a mediodía.—Cecilia llega a las dos, en un taxi desde Bogotá. Recójala, mijo.—¿El taxista no la sube hasta la hacienda?—Con la trocha como está, no se atreve. Ella tampoco, pero eso no se lo diga.Esperé en la plaza, junto a la camioneta, mientras las campanas de la iglesia daban la hora. A las dos y diez entró un taxi amarillo, tan cubierto de barro que apenas se le leía el número de la puerta. Se detuvo frente a la iglesia con un quejido de frenos. Del asiento de atrás bajó doña Cecilia, con sombrero de ala corta, las perlas al cuello y una caja de cartón atada con cinta que sostenía contra el pecho, como si dentro viajara algo frágil.El taxista sacó dos maletas del baúl, recibió los billetes sin mirarlos y se fue sin esperar propina. Ella lo vio alejarse con una mueca de cansancio. Después miró la plaza entera, despacio, como quien revisa una vitrina que no compraría.—¡Julián! —Sonrió al verme y vino con las dos manos extendidas—. El h
Last Updated : 2026-10-21 Read more