POV Antonia La feria de San Isidro olía a fritanga, a aguardiente y a pólvora mojada. Desde el parqueadero se oía la música: una tambora desafinada, un acordeón, y debajo, el griterío de los vendedores que ofrecían empanadas, chicha y gallinas vivas. Julián estacionó la camioneta junto a un muro de tapia, apagó el motor y bajó sin esperar a nadie. Abrió la puerta de Alejandro, luego la de Mateo, y al llegar a la mía, la sostuvo con la vista clavada en el cielo. —Cuidado con el barro, patroncita. —No es mi primer charco, Julián. —Se nota que no. —Lo dijo bajito, sin ninguna expresión. Pasé a su lado con la barbilla en alto. Seguía viendo la palmada de Alejandro en su hombro, la jarra temblando. No iba a olvidarlo por una frase insolente. Mateo me ofreció el brazo, y lo acepté. —Respira —murmuró, sin mover los labios—. Estás apretando. —Estoy perfectamente. —Claro. Por eso me estás clavando las uñas. Aflojé la mano. Alejandro caminaba detrás de nosotros, comentando en voz al
آخر تحديث : 2026-10-19 اقرأ المزيد