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Capítulo 2

Autor: Teresa Delgado
Yo no había crecido con ellos. Los cinco se conocían desde el kínder; yo había conocido a Mateo en la universidad, y él me había incorporado al grupo.

Durante los primeros años, me esforcé mucho por integrarme. Cuando recordaban cómo robaban duraznos del árbol de un profesor, me reía aunque no entendiera la gracia. Anotaba a escondidas en el celular los apodos que solo ellos comprendían.

Recordaba sus cumpleaños, sabía qué alimentos no comían y conocía sus costumbres. Siempre era la primera en llegar a las reuniones. En los viajes, reservaba el transporte y los hoteles, y preparaba los itinerarios.

Pero, por mucho que hiciera, cada vez que hablaban del pasado terminaban diciéndome lo mismo:

—Todavía no nos conocías. No lo entenderías.

Con el tiempo, aquel "no lo entenderías" se convirtió en "no hace falta avisarle".

Cambiaban de restaurante a última hora sin decirme nada. Se ponían fotos de perfil a juego, pero nunca me incluían. Incluso me enteré de este viaje al leer una conversación entre Mateo y Silvia: llevaban medio año hablando del asunto.

Cuando pregunté por qué nadie me lo había contado, él sonrió y me acarició la cabeza.

—Estábamos esperando que tú lo organizaras.

Así que me encargué de los vuelos, del hotel y de todo el itinerario. También adelanté el dinero. Ellos cinco vinieron a disfrutar; yo tenía que ocuparme de todo y, ahora, hasta ceder mi habitación.

Dejé la tarjeta de acceso.

—Quédense con las camas. Yo dormiré en la sala.

A la mañana siguiente, cuando desperté, no había nadie en la sala. En nuestro grupo de WhatsApp habían publicado una foto de los cinco desayunando. Sobre la mesa había cinco platos.

Silvia me había escrito:

«Rebeca, bajamos antes para no despertarte. Cuando te levantes, baja a desayunar.»

Me aseé y fui al restaurante, pero el mesero me dijo que el horario del desayuno había terminado. Justo entonces me llamó Mateo.

—¿Dónde estás?

—En el restaurante.

—¿Todavía estás ahí? —preguntó, impaciente—. Llevamos veinte minutos esperándote en el muelle.

Revisé el chat. Nadie me había dicho a qué hora salíamos.

—No me avisaron.

—¿No te escribió Silvia?

—Solo dijo que habían bajado a desayunar.

Guardó silencio un segundo y luego me reprochó:

—Cualquiera que vea que los demás ya se fueron pregunta, ¿no? Todos estamos esperándote.

Al final, no desayuné. Cuando llegué al muelle, el motor del yate ya estaba en marcha. Los cinco estaban sentados en cubierta; nadie me había guardado un lugar.

Silvia llevaba puesta la camisa blanca de Mateo, que apenas le cubría los muslos. En cuanto me vio, se sujetó el cuello de la camisa.

—No pienses mal. Se rompió el cierre de mi vestido y Mateo me prestó algo para ponerme.

A mí nunca me dejaba tocar sus camisas, ni siquiera después de quitárselas. Una vez, por accidente, lavé una con ropa oscura y quedó un poco gris. Pasó una semana entera sin hablarme. Dijo que no le gustaba que otras personas tocaran la ropa que llevaba en contacto con la piel.

Ahora Silvia tenía puesta su camisa, y él apenas la miró antes de decirle con suavidad:

—Ponte un pantalón largo para que no te dé frío.

Ella me sacó la lengua, juguetona.

—¿Ves? Siempre tiene que decirme qué hacer.

Subí sujetándome de la baranda. Rubén me puso un montón de cosas en los brazos.

—Qué bueno que llegaste. Aquí están el protector solar, la cámara y el agua. Cuida todo esto, ¿sí?

Me senté junto al motor, abrazada a sus cosas. La brisa del mar me daba en la cara y, con el estómago vacío, sentía punzadas cada vez más fuertes.

Había empezado a aprender a nadar seis meses antes para la actividad de buceo de ese día. A Mateo le encantaba el mar y a mí me daba miedo el agua, pero aun así me había inscrito a escondidas en un curso de buceo. Quería darle una sorpresa durante el viaje.

Sin embargo, al llegar al punto de inmersión, el instructor explicó que solo podían bajar cinco personas por turno. Óscar me miró sonriendo.

—A Rebeca le da miedo el agua, ¿no? Mejor quédate en el barco cuidando las bolsas.

Abrí la boca para decir que ya tenía mi certificación de buceo, pero Silvia se aferró al brazo de Mateo.

—Estoy un poco nerviosa. No me sueltes cuando estemos abajo.

Él revisó el tanque de buceo de ella.

—Tranquila. Voy a estar a tu lado.

Me guardé lo que iba a decir. Los cinco se lanzaron al mar, y yo me quedé sola en cubierta, cuidando su ropa y sus celulares.

Cuando terminó el primer turno, el instructor me preguntó:

—¿Quieres bajar en el siguiente turno?

Saqué de mi bolsa la credencial de buceo recién obtenida y la miré durante un largo rato. Al final, negué con la cabeza.

—Ya no.

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