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Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga
Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga
Autor: Teresa Delgado

Capítulo 1

Autor: Teresa Delgado
Silvia, acurrucada contra el pecho de Mateo, sonrió como si quisiera tranquilizarme.

—Solo estamos jugando. No te vas a poner celosa, ¿verdad?

Él le acarició el cabello.

—No le hagas caso. Nunca ha sabido perder.

Aquella noche, en la séptima y última ronda, a los dos les tocó la tarjeta del vestido de novia. Según las reglas, tenían que celebrar una boda improvisada.

Silvia se puso el vestido de novia que yo había llevado al viaje. Mateo me quitó el anillo de compromiso y se lo colocó a ella en el dedo anular. Solo me quedó puesto el anillo liso.

Nuestros amigos se reunieron a su alrededor.

—¡Que se besen!

Y, al instante, Mateo se inclinó y la besó de verdad.

Mientras todos celebraban, abrí las cajas de las que habíamos sacado las tarjetas. La mía solo contenía tarjetas en blanco. En las de Mateo y Silvia, las tarjetas tenían los mismos dibujos y estaban colocadas en el mismo orden.

No era mala suerte. El juego había estado preparado para ellos dos desde el principio.

Sonreí y desactivé las invitaciones digitales de nuestra boda. Si en un viaje de seis personas nunca había espacio para mí, tampoco tenía por qué reservarles un lugar en el resto de mi vida.

En ese momento estalló otra ovación a mis espaldas. Mateo terminó de besar a Silvia y soltó su cintura. Ella tenía las mejillas rojas, pero seguía con los dedos apoyados en sus hombros.

Alguien, todavía entusiasmado, gritó:

—¡Otro beso!

—Vete al diablo —respondió Mateo, riéndose.

Sin embargo, no se apartó de ella enseguida. Al verme, Silvia pareció recordar que yo estaba ahí. Bajó la mirada y se tocó el anillo.

—Se me quedó atascado. No puedo quitármelo.

Me mostró la mano con aire inocente.

—¿Me dejas usarlo esta noche?

Mateo me había regalado aquel anillo el día de mi cumpleaños. Según él, lo había mandado hacer a mi medida. Sin embargo, a Silvia le quedaba perfecto.

No dije nada al respecto. Me limité a asentir.

—Está bien.

Mateo me miró, como si no esperara que aceptara tan fácilmente, y frunció el ceño.

—No pongas esa cara de víctima. Todos vinieron de viaje para acompañarnos. No les arruines el momento por un juego.

Lo miré.

—No estoy arruinando nada.

—Entonces sonríe.

Óscar Rivas ya había levantado el celular.

—A ver, novios por un día, miren a la cámara.

Los demás se acomodaron enseguida junto a Mateo y Silvia. Los cinco formaron una fila en la que no quedaba espacio para nadie más. Óscar me entregó su celular.

—Tomas las mejores fotos. Tómanos varias.

Lo recibí. Estaban muy juntos, con Mateo en el centro. Silvia, con mi vestido de novia, lo sujetaba del brazo. Los otros tres posaban a sus lados, como en una auténtica foto de boda.

—¿Qué esperas? —me apuró Mateo, impaciente.

Volví en mí y les tomé una foto, dos, más de diez. Yo no aparecía en ninguna.

Regresamos al hotel a las dos de la madrugada. Había reservado tres suites para dos personas: una para Mateo y para mí, y las otras dos para nuestros cuatro amigos. Pero, al llegar a nuestras habitaciones, Rubén Molina anunció con una sonrisa:

—El intercambio de parejas todavía no termina. Según las reglas, esta noche Mateo tiene que dormir con Silvia.

Me quedé inmóvil, con la tarjeta en la mano.

—¿Dormir juntos también es parte del juego?

Silvia lo explicó como si fuera lo más normal del mundo.

—Solo vamos a compartir habitación. La suite tiene dos camas. No va a pasar nada.

Mateo se puso serio.

—Con todos aquí, ¿qué crees que vamos a hacer?

Lo miré.

—¿Y dónde voy a dormir yo?

Intercambiaron miradas. Óscar señaló el final del pasillo.

—La de Mateo y Silvia es una suite familiar. Tiene un sofá cama en la sala. ¿Por qué no duermes ahí?

El lugar de Silvia en la otra suite había quedado libre, pero nadie propuso que yo lo ocupara. Querían que durmiera en la sala, fuera del dormitorio que compartirían mi prometido y mi mejor amiga. Tendría que oírlos cerrar la puerta y esperar a que terminara aquel juego de veinticuatro horas.

De pronto, todo me pareció absurdo.

—Voy a reservar otra habitación.

Rubén me detuvo enseguida.

—No, espera. Aquí cobran varios cientos de dólares por noche. ¿Para qué vas a gastar tanto? Todos nos conocemos desde niños. Sabemos perfectamente cómo somos.

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Último capítulo

  • Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga   Capítulo 10

    Había pasado años esperando oír esas palabras. Si las hubiera dicho antes, cuando me dejaron atrás por primera vez, cuando los vi posar a los cinco sin mí o cuando descubrí que mi cumpleaños importaba menos que las lágrimas de Silvia, quizá todavía estaríamos juntos.Pero ahora solo respondí con calma:—Ya no necesito que cambies. A quién ames y con quién decidas estar ya no tiene nada que ver conmigo.Mateo apretó el anillo con tanta fuerza que el aro se le hundió en la palma.—¿De verdad ya no me amas ni un poco?Guardé silencio un instante.—Te amé.Sus ojos se iluminaron apenas, pero enseguida añadí:—Ese amor se fue desgastando durante siete años. Aquellas siete tarjetas en blanco acabaron con lo poco que quedaba.Mateo no se marchó de inmediato. Se quedó quince días en la ciudad. Todos los días aparecía donde estábamos filmando para ayudar al equipo a cargar el material, llevar agua y revisar los vehículos. Como yo antes, hacía en silencio todas esas cosas en las que nadie se fij

  • Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga   Capítulo 9

    Tres meses después, Mateo consiguió averiguar dónde estaba. Me había ido a una pequeña ciudad costera del norte y me había unido a un equipo que filmaba un documental sobre artesanas de zonas remotas.Viajó esa misma noche y me encontró junto a un muelle viejo. Yo llevaba una chaqueta impermeable y el viento me revolvía el cabello. Estaba grabando a una anciana que tejía una red.Mateo se quedó observándome a la distancia durante un largo rato. Por primera vez me veía trabajando con la cámara sin tenerlos a ellos cinco enfrente.Yo sonreía. No lo hacía por complacer a nadie ni porque alguien me hubiera pedido que no arruinara el momento. Hacía años que no sonreía con tanta naturalidad cuando estaba con él.Cuando terminé de grabar, me volví y lo vi. La sonrisa se me borró poco a poco.—¿Qué haces aquí?Mateo tardó en hablar. Parecía no encontrar las palabras.—Vuelve conmigo.Negué con la cabeza.—Mi trabajo está aquí.—Puedes renunciar —respondió enseguida, igual que cada vez que deci

  • Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga   Capítulo 8

    Durante la semana siguiente, Mateo me buscó en todos los lugares a los que creía que podía haber ido. Nadie sabía dónde estaba.Sus mensajes empezaron a llenarse de explicaciones y promesas.«Rebeca, vuelve.»«Puedo disculparme por lo del juego.»«Podemos volver a organizar la boda.»«No le regalé el anillo a Silvia. Ya le pedí que lo devolviera.»«Solo vuelve. De ahora en adelante, vas a estar en todas las reuniones.»Ese último mensaje debió de parecerle absurdo incluso a él. Yo siempre había estado ahí; eran ellos quienes nunca me habían dejado formar parte del grupo de verdad. Solo ahora, cuando ya me había ido, él estaba dispuesto a concederme un lugar como si me hiciera un favor.Ninguno de sus mensajes recibió respuesta.Al octavo día, Silvia fue a verlo. Dejó el anillo sobre la mesa. Tenía los ojos rojos e hinchados.—Mateo, ¿no somos nosotros los que deberíamos estar juntos? Antes de que apareciera Rebeca, llevabas años enamorado de mí.Él miró el anillo.—¿Y eso de qué sirve

  • Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga   Capítulo 7

    Al aterrizar, Mateo no fue a su casa, sino directamente a mi departamento. El código de acceso ya no funcionaba. Llamó a la puerta durante tanto tiempo que el dueño terminó subiendo del piso de abajo.—¿Busca a Rebeca? Ayer entregó el departamento.Mateo se quedó helado.—¿Adónde se mudó?—No lo sé.El dueño le dio una caja de cartón.—Dijo que, si venía, le entregara esto.Él la tomó enseguida. Pesaba poco. Adentro estaban los regalos que aún conservaba de él: un reloj que ya no se fabricaba, unos libros, un suéter viejo y la cámara.Me la había comprado en nuestro segundo año de relación.—Tomas muy buenas fotos —me había dicho—. De ahora en adelante, tú nos tomas las fotos a nosotros cinco.Entonces no percibí nada extraño. Éramos seis, pero él había dicho "nosotros cinco". Más tarde le pregunté:—¿Y yo?Se quedó sorprendido un instante y luego sonrió, acariciándome el cabello.—Tú eres la fotógrafa, ¿no? La fotógrafa tiene que estar detrás de la cámara.Le creí. Durante años les to

  • Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga   Capítulo 6

    Mateo abrió la puerta de la suite. El sofá cama de la sala estaba vacío y mi maleta ya no estaba. Se quedó inmóvil unos segundos y luego tomó las llaves del auto casi por instinto.Pero Silvia lo abrazó por detrás.—¿Adónde vas? Rebeca solo quiere que vayas detrás de ella. Si lo haces, cada vez que se enoje va a amenazarte con irse.Él se detuvo.Antes, cada vez que yo lloraba, Silvia decía que me hacía la víctima. Si me enojaba, le advertía a Mateo que no debía consentirme. Así, después de cada pelea, él esperaba a que yo cediera primero.Aquella vez fue igual. Se quedó largo rato junto a la puerta y, al final, dejó las llaves.—Tienes razón. Que se calme esta noche. Mañana volverá sola.Pero a la mañana siguiente no volví. Al darse cuenta de que las invitaciones digitales estaban desactivadas, por fin llamó a la persona que organizaba la boda.—Vuelvan a activar las invitaciones de la boda.Hubo unos segundos de silencio.—Señor Vargas, la señorita Torres canceló formalmente la boda

  • Le Puso Mi anillo A Su Mejor Amiga   Capítulo 5

    Cuando salí del hotel arrastrando mi maleta, las risas seguían llegando desde la terraza. Mateo seguramente pensaba que, como tantas otras veces, yo me había escondido para esperar a que fuera a consolarme.El celular vibró. Era un mensaje suyo.«Cuando termines de hacer tu berrinche, vuelve.»Unos minutos después llegó otro:«Silvia está borracha. ¿Dónde dejaste las pastillas para la resaca que compraste?»Me quedé mirando aquellas palabras durante un largo rato y, al final, apagué el celular. Yo ya había salido del hotel, y él ni siquiera preguntaba dónde estaba: solo quería saber dónde había dejado las pastillas para Silvia.Llegué al aeropuerto cuarenta minutos antes de que despegara el avión. Me registré para el vuelo y despaché mi maleta.Durante siete años había imaginado incontables veces mi boda con Mateo: el vestido que llevaría, lo que dirían las invitaciones, los colores de las flores de las mesas. Incluso había asignado los asientos de todos con un año de anticipación.Hab

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