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Ordeñando a la Nodriza
Ordeñando a la Nodriza
Author: Verde

Capítulo 1

Author: Verde
Me sentí muy triste, y lo único que pude hacer fue darme placer con los dedos para calmar la soledad de mi cuerpo...

—Ah...

Un placer imposible de describir me recorrió por todas partes. Pasó mucho rato hasta que, estremeciéndome, saqué jadeando los dedos pegajosos... Pero esa forma tan aburrida no liberó mi deseo, sino que me dejó todavía peor.

Mi cuerpo estaba mucho más voluptuoso que antes y, aun así, desde que tuve a mi hijo, mi esposo casi no me tocaba. Aunque me pusiera la lencería más sexi y me contoneara frente a él, no se le paraba.

No sabía cuánto tiempo más iban a durar esos días tan horribles. Pero la vida tenía que seguir. A la mañana siguiente, pensaba volver a rogarle a mi esposo, pero cuando desperté, en la cama solo quedaba yo. Me sentí vacía.

Pero no tenía mucho tiempo para estar triste. Después de darle pecho a mi hijo, todavía tenía que ir a casa del señor Aranda a trabajar de nodriza. Al menos en eso tenía suerte. Desde que tuve a mi hijo, siempre había tenido leche de sobra.

A mi esposo eso no le interesaba, pero al señor Aranda le encantaba, porque su bebé quedaba bien llenito.

Pero ese día, cuando llegué a casa del señor Aranda y estaba dándole pecho a su bebé, de pronto se escucharon desde el cuarto de al lado unos ruidos que me hicieron sonrojar y me aceleraron el corazón.

—Ay... amor, despacito... está muy adentro...

Al escuchar la voz acaramelada de la esposa del señor Aranda, me puse roja. No era la primera vez que los oía hacer el amor en la casa. Pero cada vez, a una joven casada como yo le costaba muchísimo aguantarlo. Hice todo lo posible por contenerme.

Pero los sonidos del cuarto de al lado, que me alborotaban por dentro, no paraban.

—Am... amor... no me beses ahí... ah...

Me mordí los labios sin querer y, sin poder creerlo, sentí que allá abajo también me estaba humedeciendo. Además, el bebé me succionaba el pecho y me daba bastante comezón. Me moría de vergüenza, pero tampoco podía dejarlo.

—Despacito...

Lo único que podía hacer era apretar los labios, morderme los labios y abrazar un poco más fuerte al bebé del señor Aranda.

Pero el bebé no dejaba de succionarme la parte más sensible del pecho y, por un momento, medio aturdida, sentí como si un tipo estuviera echado sobre mi pecho, provocándome...

Mi cuerpo sensible no tardó en quedarse sin fuerzas, y la humedad que se me escapaba era tanta que hasta los calzones estaban a punto de quedar empapados...

—Aah... ya no, amor... tu nena ya no quiere más...

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