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Capítulo 2

작가: Verde
Aguantaba como podía. Pero los gritos desvergonzados del cuarto de al lado se oían cada vez más fuertes. Ya no pude contenerme, así que cargué al bebé y fui hasta la puerta de la habitación de al lado. Me asomé por la rendija de la puerta y me mordí el labio.

Adentro, Delia Cardona, la esposa del señor Aranda, estaba arrodillada al borde de la cama con las piernas abiertas, y el señor Aranda, con una herramienta enorme, potente y llena de venas hinchadas, se la clavaba en su abertura rosada con todas sus fuerzas.

Qué gruesa... ¡Qué grande! Me quedé casi hipnotizada mirando el enorme miembro del señor Aranda. Yo siempre había creído que esta cosa era más o menos del mismo tamaño en todos los hombres.

¡Pero la herramienta del señor Aranda era casi del doble del tamaño de la de mi esposo!

Si eso llegara a entrar... ¿cómo no me iba a morir de gusto? Con solo pensarlo, hasta empecé a sentir un poco de envidia de Delia. Envidiaba que tuviera un marido tan cumplidor... No como yo... Yo también tenía esposo, pero todas las noches no me quedaba más que ir quedándome dormida, sola y vacía.

—Cochina... ¡Todos los días lo único que sabes hacer es provocarme! ¡Te voy a reventar sabroso!

Yo seguía perdida en esos pensamientos. Las manos fuertes del señor Aranda sujetaban a Delia de la cintura. Y cada vez que la herramienta gruesa que él tenía entre las piernas se le clavaba allá abajo, Delia se quejaba a gritos.

—¡Ay!

El choque de los cuerpos se oía. Entre eso y los gemidos de Delia, que ya no podía más, sentía que yo tampoco aguantaba. Pero la suerte no estuvo de mi lado.

El bebé, que estaba mamando recostado en mi pecho, de pronto se puso a llorar a gritos.

—¡Buaa!

Ese llanto tan repentino no solo me sorprendió a mí, sino que hizo que el señor Aranda, que seguía dándole en la habitación, se detuviera.

—Mi amor... bebé... el bebé está llorando... Ve a ver qué tiene...

Delia ya no podía ni respirar de lo duro que él se la estaba cogiendo, pero la preocupación por el bebé la hizo aguantarse el placer y agarrar al señor Aranda de la mano.

—El bebé está mamando, ¿qué tiene de malo?

El señor Aranda se molestó; no quería parar. Pero no pudo con las súplicas de Delia y se subió los pantalones de mala gana. Apenas vi que él ya iba a salir, entré en pánico y regresé a toda prisa a la habitación con el bebé en brazos.

No me dio tiempo ni de calmar al bebé. El señor Aranda abrió la puerta y entró.

—¿Qué le pasa al bebé?

Al ver que el señor Aranda estaba algo molesto, bajé la cabeza enseguida y le hablé con cuidado.

—Yo... yo tampoco sé... Acababa de comer bien y se puso a llorar... Debe... debe ser que hay que cambiarle el pañal...

Los bebés son bebés, y yo también tenía uno. Así que, en eso de los llantos y los berrinches, sabía bien lo que hacía.

—Oh...

Con mi respuesta, al señor Aranda se le suavizó bastante el gesto. Pero en cuanto terminé de cambiarle el pañal al bebé, toda atolondrada, levanté la vista y me encontré con que el señor Aranda me miraba fijamente. Tenía una mirada ardiente, como si quisiera comerme viva.

Me sorprendí.

Seguí aquella mirada ardiente hacia abajo y solo entonces me di cuenta de que, con las prisas de cambiarle el pañal al bebé, se me había olvidado abrocharme la blusa.

Aquel par de frutos llenos y blanquitos de mi pecho estaban ahí, al aire.

—Chayo... estás muy bonita...

Quién sabe qué se le pasó por la cabeza al señor Aranda para salir con algo así. Me dio tanta vergüenza que quería que me tragara la tierra, y ni siquiera podía levantar la cabeza.

—No... no es cierto...

Bajé la cabeza enseguida y me abroché la blusa. Pero, no sé cómo, se me fue la mirada y alcancé a ver el bulto que se le levantaba al señor Aranda en la entrepierna...

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