
¡Señor Guillén, te juro que no eres su padre!El exesposo de Marta nunca supo lo que era amar… o al menos, nunca supo cómo amarla a ella.
Durante el día, Marta se escondía tras la perfección: eficiente, impecable, invisible como secretaria.
Por las noches, intentaba convertirse en la esposa ideal… dulce, paciente, suficiente.
Pero en los dos años que duró aquel matrimonio, jamás recibió una caricia sincera.
Y un día, todo terminó.
El mismo día en que ella regresó.
La mujer que siempre había tenido un lugar en su corazón. La que creció a su lado.
No hubo gritos.
No hubo lágrimas frente a él.
Solo firmas. Frías. Rápidas. Definitivas.
Como si su matrimonio no hubiera sido más que otro trámite sin importancia.
Pero el destino… nunca pide permiso.
Seis meses después, Marta descubrió que estaba embarazada.
Y aun así, no dudó.
Se fue.
Lejos de los recuerdos, lejos de él. Decidió criar a su hijo sola, construir una vida donde no tuviera que mendigar amor.
¿Que él ahora presumía su relación con aquella mujer?
A Marta no le importaba.
¿Que incluso le había propuesto matrimonio?
Marta sonrió… y les deseó felicidad.
Porque ella ya había aprendido a soltarse.
Hasta que el pasado volvió a buscarla… en el momento más inesperado.
El mismo día en que su hijo nació.
Con el dolor aún latiendo en su cuerpo y el alma hecha un torbellino, lo vio.
De pie frente a la sala de partos. Imponente. Intenso. Irrompible.
Como siempre.
—Quiero que volvamos a empezar —dijo él, con una voz que parecía no admitir rechazo.
Pero Marta ya no era la misma.
Negó.
—Señor Guillén… este niño no es suyo.
—No importa… —murmuró, firme, decidido—. Aunque no lo sea… también quiero amarlo.