Recuerdo haber visto una entrevista donde Vincent Schiavelli hablaba con una mezcla de humor y ternura sobre su
paso por «Ghost», y me quedó la sensación de que para él fue una experiencia pequeña en cuanto a minutos en pantalla, pero grande en significado.
En esa charla mencionó que el
rodaje le pareció muy humano: el equipo era cercano, el director cuidaba los tonos de la historia y él disfrutó meterse en un personaje que aportaba esa pizca de realidad cotidiana dentro de algo
sobrenatural. No habló de
glorias ni de egos, sino de
la satisfacción de añadir una pincelada auténtica a una película que combinaba romance, misterio y cierto
humor negro. Además, valoró que aunque su papel no fuera central, la película tenía una energía colectiva que lo hacía
sentir parte de algo mayor.
Me gusta pensar que para Schiavelli «Ghost» fue de esas oportunidades laborales que confirman por qué uno hace esto: un conjunto de personas que respetan la historia y te permiten entregar lo mejor en un papel pequeño. Esa humildad y cariño por el
oficio es lo que más me quedó de su forma de describir la experiencia; y sincero o no, su relato suena a alguien agradecido por haber sido parte de una obra que conmovió a tanta
gente.