Me llamó la atención desde el primer momento cómo Shiller no es un personaje que cambie de la noche a la mañana; su evolución es una acumulación de pequeñas rendijas en su coraza.
Al principio lo percibo como alguien controlado, calculador y distante: sus interacciones con el protagonista son tensas y cargadas de competencia, como si cada palabra midiera distancia. Poco a poco,
sin embargo, se van colando momentos de vulnerabilidad —un silencio después de una derrota, un gesto de protección inesperado— que muestran que su frialdad es en parte máscara y en parte hábito adquirido. Esas fisuras se abren sobre todo en escenas donde comparten
soledad o peligro, y ahí la dinámica cambia de rivalidad a complicidad incómoda.
Finalmente, Shiller pasa a ser un aliado ambiguo: no pierde su
pragmatismo, pero sus prioridades se mezclan con lealtad genuina hacia el protagonista. Esa ambivalencia me resulta sincera —no es redención total ni traición absoluta— y deja una relación
rica en matices y con espacio para futuro conflicto. Me encanta cómo esa transición respeta la complejidad humana en vez de buscar un final fácil.