Siempre me ha interesado cuánto se puede estirar y reimaginar una historia clásica cuando pasa de la épica oral a la pantalla grande; «Troya» hace muchos recortes y arreglos respecto a «La Ilíada» y a otras tradiciones del ciclo troyano, y esos cambios afectan directamente a los personajes que vemos en el reparto.
La modificación más notable es que la película casi elimina la presencia de los dioses, que en «La Ilíada» son fuerzas activas que manipulan y motivan a los mortales. Al quitar esa capa divina, las motivaciones se vuelven humanas y los papeles del reparto se adaptan para transmitir conflictos íntimos en vez de voluntad divina. Por ejemplo, el personaje de Aquiles (Brad Pitt) en el film se presenta como un héroe más introspectivo y romántico; su relación con Briseida se transforma en un romance explícito, mientras que en el poema ella es más bien un botín cuya retirada provoca la ira de Aquiles y explicaría su retiro del combate. Patroclo, cuya muerte en «La Ilíada» es el detonante para el regreso furioso de Aquiles, se convierte en lazo familiar y subordinado en la película (se le muestra como primo y como segundo al mando), perdiendo parte de la ambigüedad sobre su vínculo íntimo con Aquiles que muchos críticos clásicos discuten.
Héctor (Eric Bana) y Paris (Orlando Bloom) también se reinterpretan: Héctor aparece como el héroe noble y trágico, más humano y más cercano a la idea moderna del «buen adversario», mientras que Paris gana matices románticos y hasta de redención que en el texto homérico apenas se desarrollan; en «La Ilíada» Paris es, en gran medida, un personaje cobarde y menor, y la culpa del rapto de Helena pesa en su figura sin redenciones fáciles. Helena (Diane Kruger) recibe más agencia y una versión emocionalizada: se la muestra enamorada de Paris y culpable, algo que en el poema aparece pero con tonos diferentes y más complejos. Agamenón (
brian cox) mantiene la arrogancia de su contraparte literaria, pero la película le otorga decisiones y escenas que buscan explicar ambiciones políticas y personales de forma más directa.
Además, la película compacta años de guerra y mezcla episodios de distintas fuentes: introduce la caída de Troya mediante el caballo y acelera la conclusión de varios arcos (la muerte de Aquiles, por ejemplo, se muestra directamente a manos de Paris, un recurso cinematográfico que toma prestado del mito posterior —en la «Ilíada» la muerte de Aquiles no forma parte del poema—). Muchos secundarios importantes del poema, como Néstor, Diomedes o la sistemática intervención de dioses como Atenea y Apolo, quedan reducidos, transformados o directamente suprimidos, lo que cambia cómo funcionan las relaciones entre los personajes y qué roles ocupa cada actor en pantalla.
En conjunto, disfruto de «Troya» como película que humaniza y moderniza la guerra y el amor troyano, pero admito que los cambios en el reparto y en los roles distorsionan la complejidad de «La Ilíada»: se pierde parte de la ambivalencia moral y de la dimensión divina que hace al poema tan fascinante. Si te interesa ver el origen de las tensiones que adaptaron, leer «La Ilíada» devuelve esos matices que la pantalla simplifica, aunque como filme la elección de reparto funciona para contar una historia más directa y emocional.