Tarde para llorar mi muerte
La noche en que morí, mi familia celebraba el decimoctavo cumpleaños de mi hermana gemela, Elena, pues todos creían que moriría al día siguiente.
Somos elfos. Mi padre trabajaba como guardián del clan y, cuando mamá dio a luz a Elena y a mí, dejó aquel puesto para dedicarse a cuidarnos.
Deberíamos haber sido una familia feliz, pero una maldición lanzada por una bruja nos marcó desde el mismo día de nuestro nacimiento.
Como Elena llegó al mundo un minuto antes que yo, fue ella quien cargó con todo el peso de esa condena. Se suponía que no viviría más allá de los dieciocho años.
Desde el primer día, Elena se convirtió en el tesoro de la familia. Mamá y papá me hacían sentir como si siempre estuviera en deuda con ella.
Cada vez que llegaba un juguete nuevo, era para Elena antes que para mí. Cuando nos compraban vestidos, también era ella quien elegía primero. Cada noche, mamá pasaba al menos una hora en su habitación antes de apagar la luz. Yo, en cambio, siempre me dormía sola.
Una noche tuve una pesadilla y corrí descalza en busca de mamá. La encontré abrazando a Elena y ni siquiera levantó la vista. Lo único que dijo fue:
—Vuelve a tu cama. No hagas escándalo.
Intentaba convencerme de que era natural que la trataran con tanto cariño, porque estaba a punto de morir. Sin embargo, cada vez que fingía que no importaba, sentía cómo aquella astilla clavada en mi pecho se hundía un poco más.
Finalmente llegó el día en que la maldición debía cumplirse y, por supuesto, ese mismo día un dolor insoportable en el estómago me golpeó con tanta fuerza que apenas podía mantenerme en pie.
Mamá y papá no lo dudaron ni un instante. Me arrastraron hasta el sótano, me empujaron dentro y corrieron el cerrojo desde afuera.
Me acurruqué sobre el suelo de piedra mientras el olor a humedad y moho flotaba en el aire, y golpeé la puerta una y otra vez con todas mis fuerzas.
—¡Mamá, papá, me duele mucho el estómago! ¡Ni siquiera puedo levantarme! ¡Por favor, déjenme salir!
Desde el otro lado de la puerta resonó una sola frase:
—¡Tu hermana se muere después de esta noche! ¿No puedes esperar un solo día? ¡Solo un día!
—Pero, mamá... tengo miedo.
Nadie volvió a responderme.
El sótano quedó en silencio. Sentí que los párpados comenzaban a pesarme.
Mi último pensamiento fue: «Si yo fuera la que estuviera a punto de morir por esa maldición, ¿ellos también vendrían a abrazarme?».
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