No puedo evitar sonreír al recordar cómo Dylan O'Brien se fue ganando un lugar en el cine
paso a paso.
Yo lo seguí desde sus inicios en televisión y lo vi dar el salto a la gran pantalla con roles que varían mucho en tono: el más icónico es, sin duda, Thomas en la
trilogía de «The Maze Runner» («The Maze Runner», «Maze Runner: The Scorch Trials», «Maze Runner: The Death Cure»). Es un papel que le exigió mucha energía física y
emocional; verlo liderar a un grupo de jóvenes en un mundo distópico confirmó que podía sostener un blockbuster y que su humor y vulnerabilidad funcionaban bien en cine de acción.
Además, recuerdo lo impactante que fue verlo transformarse en Mitch Rapp en «American Assassin». Allí ofrece una versión más dura y centrada en el
thriller de
espionaje, con escenas de intensidad y una presencia mucho más contenida que la de Thomas. Y para cerrar el abanico, me encantó su interpretación en «Love and Monsters», donde juega a ser el tipo común que lucha por el amor en un mundo postapocalíptico: mezcla comedia, aventura y corazón. En conjunto, esos papeles muestran su rango: puede ser carismático, tenso o enternecedor según lo pida la historia, y para mí eso es lo que hace que sus papeles en el cine sean memorables.