Recuerdo con claridad la mezcla de ternura y firmeza que Shah Rukh Khan le imprimió al personaje de «My Name Is Khan». En la película interpreta a Rizwan Khan,
un hombre musulmán con lo que se describe como síndrome de Asperger; su manera de hablar, sus pausas y esa honestidad casi inocente hacen que cada gesto tenga peso. Lo que más me marcó fue cómo SRK no convirtió al personaje en un estereotipo: controló pequeños tics, miradas y repeticiones para dar verosimilitud sin exagerar. Esa línea —'My name is Khan and I am not a terrorist'— se vuelve un mantra que atraviesa todo el filme, y la entrega de Shah Rukh la hace creíble y conmovedora.
Vi la película con alguien de otra generación y terminamos hablando largo sobre la representación del espectro
autista en el cine. En la trama, Rizwan atraviesa Estados Unidos en un viaje casi épico para reunirse con el presidente y limpiar su nombre tras el clima de sospecha post-
11 de septiembre; su travesía es también una metáfora
del amor y la dignidad frente al prejuicio. Kajol, como Mandira, funciona como contrapunto: su relación con Rizwan expone tanto ternura como tensiones reales, y la química entre ambos es lo que sostiene muchas de las escenas más íntimas. La dirección de Karan Johar y la puesta en escena ayudan a que la historia se sienta tanto íntima como monumental.
Como alguien que valora el cine por su capacidad de remover, te diré que la película no es perfecta en todos los detalles —algunas subtramas podrían haberse pulido más—, pero la actuación de Shah Rukh como Rizwan es el corazón que late con fuerza. Me quedo con la sensación de que el personaje logró
humanizar una experiencia demasiado fácil de simplificar en titulares: muestra cómo el amor,
la perseverancia y la honestidad pueden convertirse en actos de resistencia. Cuando pienso en Rizwan, lo recuerdo como un recordatorio de que la empatía puede cambiar la mirada del mundo.