Recuerdo con cariño la mezcla de travesura y ternura que trae «El Grinch» cada Navidad; no puedo evitar sonreír al pensar en los personajes que pueblan Whoville. En el centro está el propio Grinch, el antagonista convertido en protagonista: gruñón, ingenioso y vestido finalmente de falso Santa cuando planea robar la Navidad. A su lado siempre está Max, su perro fiel, que más que un simple animal parece un compañero cómplice y a veces víctima de sus planes.
También están los Who, los habitantes de Whoville, que representan el espíritu navideño colectivo: los coros, las familias con regalos, las celebraciones y la famosa escena d
el banquete con el «roast beast». Dentro de los Who destaca la pequeña Cindy-Lou Who, cuya inocencia y bondad terminan cambiando al Grinch. En algunas versiones aparecen personajes adicionales que amplían la historia, como el alcalde (en la película de 2000 llamado Augustus Maywho) o la elegante Martha May Whovier, figuras que añaden conflicto y comedia.
Lo que más me gusta es cómo cada adaptación de «El Grinch» selecciona y amplifica distintos personajes: la versión clásica prioriza la simplicidad y el coro de Whos, mientras que la adaptación cinematográfica introduce más nombres y relaciones para enriquecer la trama. Al final, todos esos rostros —el Grinch, Max, Cindy-Lou y la comunidad entera— forman el corazón de una historia que, para mí, sigue siendo una lección cálida sobre empatía y celebración.