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Un Semental Para Navidad
Un Semental Para Navidad
Author: Hombre Sucio

Capítulo 1

Author: Hombre Sucio
Me llamo Marco Salas, soy un universitario a punto de graduarse.

Alto, fornido y con una fuerza descomunal, en la facultad de deportes me conocen con cariño como el tanque humano.

Hace un tiempo logré que la chica más guapa de la facultad de danza fuera mi novia, pero cuando llegamos al cuarto del hotel, se puso blanca del susto:

—Tú… eres como un caballo, qué cosa tan aterradora…

Quise calmarla para que siguiéramos, pero ella no pudo con lo mío; agarró su ropa y salió corriendo.

Así que regresé a casa en las fiestas solo y sin nada que hacer.

Mi hermano Luis Salas me lleva cinco años; estas fiestas llegó con una novia bastante guapa: Renata Mora.

Curvas por delante y por detrás, con un cuerpo que a simple vista dejaba claro que era… resistente, capaz de aguantar lo que fuera.

Las nalgas, redondas y generosas, se movían de un lado a otro al caminar.

Renata vestía sin mucha formalidad; bajo el abrigo solo llevaba una camiseta interior delgada.

Unos senos redondos y voluminosos que parecían ni siquiera llevar sostén.

Al verme llegar, se acercó con toda la confianza del mundo y me abrazó:

—Tú debes ser Marquito… qué bien que estás.

Renata actuaba como si yo fuera su hermanito; esos pechos redondos y suaves se apoyaron por completo contra mi brazo.

Los pezones me rozaron de pasada, y sentí un escalofrío que me recorrió el cuerpo entero.

Me puse colorado de inmediato y apenas y pude hablar:

—Cu… cuñada, buenas…

Renata, al verme tan nervioso, me tomó el cabello con una sonrisa:

—¿Tan tímido eres?… No me digas que todavía eres virgen.

Esa palabra me puso tenso.

Había tenido bastantes novias, pero todas le habían tenido miedo a mi… imponente complexión.

Ninguna me había dejado llegar hasta el final.

Así que seguía sin saber lo que era estar con una mujer.

—¿En serio? —Renata abrió los ojos como platos y me clavó la mirada—. ¿Lo adiviné?

Casi sin querer, levantó la mano y la deslizó un par de veces por mi pecho.

Sonrió de un modo irresistible, y su voz adquirió un tono sugerente:

—Es un desperdicio que un cuerpo así no tenga quien lo disfrute…

Palabras tan directas y atrevidas me dejaron sin respuesta.

Por suerte, en ese momento apareció mi hermano y me sacó del apuro; le dio una palmada en las nalgas a Renata:

—¿Crees que todos son iguales que tú?

Creyendo que nadie lo veía, extendió la mano y le apretó con fuerza esas generosas nalgas.

Luego se acercó a propósito a su oído y le susurró:

—¡Zorra! Deja de provocar a mi hermano…

Renata no pudo contenerse y dejó escapar un gemido:

—¡Mmh! ¡Maldito!… ¡no aprietes tan fuerte!

Mientras los veía coquetear así entre ellos, me quedé parado sin saber dónde meterme.

Me apresuré a inventar cualquier excusa y me escapé a mi cuarto.

Solo cuando cerré la puerta detrás de mí me atreví a respirar profundo.

La desvergonzada era Renata, pero yo estaba incluso más… agitado que ella.

Al bajar la vista, confirmé que la reacción era más que evidente.

Murmuré una maldición entre dientes:

—Mierda…

El bulto se hizo sentir, y arrugué la frente sin poder evitarlo, apoyando una mano contra la pared.

Mi mente volvía una y otra vez a lo de antes: esa firmeza… esa suavidad…

Apretar unas chichis así tenía que ser algo increíble.

Y si las probaba… ni hablar, de seguro me ahogaban de placer.

Con todos esos pensamientos encadenados, ya no había forma de controlarme.

Gemidos apagados, uno tras otro, se me escaparon de los labios: “Mmh… ah…”
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