Me encanta la mezcla de misterio y memoria que traen las rimas y leyendas españolas; siempre siento que hablan de la gente que fue y de los paisajes que siguen ahí.
En esas rimas a menudo aparece el amor —romántico, imposible, traicionado— y la muerte, tratadas con una sensibilidad directa: exhortos, lamentos y silencios que atraviesan generaciones. Las leyendas, por su parte, cuentan hazañas de héroes y
bandidos, apariciones milagrosas, castigos divinos y pactos con lo sobrenatural; muchas están enraizadas en episodios históricos como la Reconquista, las guerras locales o las migraciones.
Si me paro a pensar en regiones concretas noto cómo cambian los tonos: en Galicia predominan las meigas y la Santa Compaña; en Andalucía se repiten los romances de bandoleros y marineros; en Castilla quedan cantares de gesta y relatos de caballería. Al final, lo que más me atrapa es esa mezcla de verdad y cuento que hace que una colina o un puente tenga alma propia, y eso me emociona cada vez que vuelvo a escucharlas.