Hace un rato recordé una clase donde debatíamos la plusvalía y se me quedó una imagen muy clara: un trabajador en una fábrica que produce mucho más valor del que recibe en salario. Para Marx, eso es exactamente la plusvalía: la diferencia entre el valor creado por la fuerza de trabajo y el valor necesario para reproducirla. Apropiarse de esa diferencia es lo que permite la acumulación de capital. La noción parte de la teoría del valor-trabajo, que liga el valor de las mercancías al tiempo de trabajo socialmente necesario.
Si miro la cuestión con ojo más histórico, lo que más me interesa es cómo Marx separa las formas de extracción. La plusvalía absoluta se obtiene extendiendo la jornada o intensificando laboralmente la jornada sin mejorar el salario; la plusvalía relativa aparece cuando la productividad crece y la porción de tiempo «necesario» baja, permitiendo una mayor porción de jornada no pagada. Además, Marx analiza cómo esa extracción genera efectos sistémicos: concentración del capital, mercados saturados, desempleo relativo —la famosa reserva de mano de obra— y crisis periódicas.
Al final, lo que me sigue llamando la atención es la claridad con la que Marx conecta un fenómeno económico con relaciones sociales de poder: no es solo una fórmula, es una explicación de por qué las desigualdades y las tensiones laborales persisten. Me quedo con la impresión de que entender la plusvalía ayuda a ver por qué las reformas laborales o los cambios tecnológicos no son neutros, sino que alteran quién se lleva el fruto del trabajo.
2026-03-15 01:47:35
23
Samuel
Lector experto
Editora
Me da rabia pensar en la plusvalía porque, en pocas palabras, describe algo que veo cada día: la persona trabaja más del tiempo necesario para cubrir su salario y el resto sirve para que otros obtengan ganancia. Marx resume esto definiendo el trabajo necesario (lo que cuesta reproducir la fuerza de trabajo) y el trabajo excedente (lo que se apropia el capitalista), y de ahí sale la plusvalía. También habló de la tasa de plusvalía —la proporción entre trabajo excedente y trabajo necesario— como medida de la explotación.
Lo práctico de esa idea es que explica dos caminos por los que aumentan las ganancias: alargar la jornada (plusvalía absoluta) o reducir el tiempo necesario mediante mejoras productivas (plusvalía relativa). En mi entorno, eso se traduce en más horas, más ritmo o despidos tras automatizar procesos. Me dejó con la sensación de que la plusvalía no es un misterio económico, sino una descripción neta de quién captura el valor producido; y eso cambia cómo veo la economía y la política laboral.
2026-03-18 10:59:52
23
Henry
Gran lector
Enfermero
Nunca imaginé que un concepto teórico pudiera explicarme tantas escenas cotidianas: la plusvalía, para Marx, es el corazón del mecanismo por el que el capitalismo genera ganancias. En mis lecturas de «El Capital» quedé fascinado por la simplicidad y la fuerza de la idea: el valor de una mercancía viene, en última instancia, del tiempo de trabajo socialmente necesario para producirla. Marx distingue entre trabajo necesario —el que reproduce el valor de la fuerza de trabajo, es decir, lo que se paga en salarios— y trabajo excedente, que es el tiempo durante el cual el obrero crea valor que no le es retribuido. Ese excedente es la plusvalía, lo que el capitalista se apropia al comprar la fuerza de trabajo y obtener un valor mayor que el salario pagado.
Me gusta cómo Marx desglosa además la plusvalía en formas prácticas: la plusvalía absoluta resulta de alargar la jornada laboral o reducir pausas; la plusvalía relativa surge al aumentar la productividad mediante técnicas o organización del trabajo, de modo que la parte del día necesaria para reproducir el salario disminuye. El resultado es el mismo: más trabajo no pagado para el trabajador y más valor apropiado por el capitalista, que se manifiesta luego como ganancia, renta o interés.
Esa explicación no es sólo teoría fría: explica por qué se constata precariedad, por qué la innovación a veces destruye empleos y por qué hay tendencia a concentrar riqueza. Personalmente, me dejó claro que la lucha sobre el tiempo de trabajo y las condiciones laborales no es accidental, sino estructural; la plusvalía describe un motor del sistema que merece discusión y acción.
2026-03-19 02:00:57
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En la noche de nuestro tercer aniversario, Killian volvió a dejarme plantada durante la cena. Me envió un mensaje diciendo que se quedaría trabajando hasta tarde en el taller mecánico.
Miré el pastel de oferta, de cinco dólares con noventa centavos, que estaba sobre la mesa. Había tenido que abrirme paso entre la multitud en el supermercado para poder comprarlo. Tragué el amargo nudo que se me había formado en la garganta.
«Tenemos que ahorrar para comprar una casa de verdad en Brooklyn», me dije a mí misma antes de guardar cuidadosamente el pastel en la heladera.
Me ajusté bien el abrigo barato y salí al frío de la noche para repartir comida a domicilio y ganar un poco de dinero extra.
Jamás imaginé que terminaría encontrándome con mi “pobre” esposo en un hotel de lujo en pleno Manhattan.
Bajó de un Rolls-Royce con un impecable traje hecho a medida y le lanzó billetes de cien dólares al encargado del estacionamiento. Detrás de él apareció una mujer deslumbrante que llevaba un collar con un rubí de sangre de paloma, una gema de valor incalculable, y se aferró a su brazo con naturalidad.
—Killian, está nevando demasiado fuerte. ¿De verdad vas a regresar a Brooklyn para seguir jugando a la casita con tu ingenua esposa pueblerina? —Se quejó con voz caprichosa.
Killian bajó la mirada hacia el barato y desgastado anillo de plata que llevaba en el dedo. Por un breve instante, un destello de ternura cruzó sus fríos ojos.
—Durante tres años, ella trabajó en cinco empleos distintos para pagar las deudas falsas que yo inventé. Ni siquiera iba al médico cuando se sentía mal. Ya fue suficiente. Pasó mi prueba. Cuando me encargue del traidor que se oculta dentro de mi propia familia, le contaré toda la verdad. Le daré la gloria que merece como mi Donna.
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—¿Y si descubre que eres un Don de la mafia y que solo está contigo por tu dinero? ¿Por qué no le dices que tienes una enfermedad terminal? Así podrás ver si está dispuesta a sacrificar hasta sus últimos ahorros para salvarte. Ponla a prueba una vez más...
Después de un largo silencio, Killian finalmente asintió.
—Una última prueba. Después de esto, le daré la boda más majestuosa de todas.
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Se acabó.
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En la noche de Navidad, mis padres seguían trabajando afuera, dejándome sola otra vez en casa.
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Mi mamá respondió sin darle importancia:
—No importa, ya está acostumbrada.
Mi papá, como si nada, dijo:
—Ella no puede compararse contigo, tú eres nuestro tesoro.
Me di la vuelta y me fui. Me estaban mintiendo diciendo que estaban pobres, esta vez no quiero su compañía ni un poco.
¿Hasta dónde puede llegar alguien con dinero?
Mi esposo tenía tanto que, en Bruma, le decían Medio Bruma, ya que casi la mitad de la ciudad es suya.
Llevábamos cinco años casados; cada vez que se iba a acompañar a su amor de toda la vida, me traspasaba una casa.
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Cuando lo hizo, su voz se le ablandó al prometer:
—Cuando regrese, te llevaré a ver los fuegos artificiales.
Guardé los papeles y asentí.
Lo único que no le conté fue que: lo que acababa de firmar esa vez no era una casa más, sino… nuestro acuerdo de divorcio.
Él se tomó otro vaso. "Todos tienen sus demonios que necesitan ser alimentados de vez en cuando".
De repente, agarró la parte trasera de mi cuello y me atrajo hacia él. Lo miré, lista para preguntarle qué estaba haciendo, cuando sus labios se presionaron contra los míos y nos fusionamos en un profundo beso.
Sus labios contra los míos eran suaves y gentiles, pero no cedían en pasión. Sin darme cuenta, abrí mi boca. Leyó mi intención y suavemente deslizó su lengua entre mis labios.
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Una tarde, al regresar del trabajo, Lena se encontró con la escena más devastadora de su vida. El hombre con quien soñaba pasar el resto de sus días estaba arrodillado frente a su hermanastra... pidiéndole matrimonio.
En medio de la desesperación, terminó entrando por error a una habitación privada de un club y pasó la noche con un desconocido cuya identidad nunca llegó a conocer.
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Decidida a construir una nueva vida para sus hijos, aceptó un trabajo con Denzel, el multimillonario más poderoso y temido de la ciudad. Frío, distante e incapaz de abrir su corazón a nadie, Denzel parecía el último hombre del que una mujer podría enamorarse.
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Poco a poco, Lena logró derribar los muros que rodeaban el corazón de Denzel, y entre ellos nació una pasión imposible de ignorar.
Pero todo se vino abajo cuando Lena descubrió una verdad que cambió su vida para siempre.
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El mismo hombre con quien había pasado aquella noche años atrás.
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Lo que Lena no esperaba era que sus pequeños ya se hubieran encariñado con él.
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Al investigar las polémicas que rodearon a Marx en el siglo XIX me sorprendió la intensidad y la diversidad de las críticas que recibió, muchas de ellas venidas tanto de la izquierda como de la derecha. En el terreno económico, varios contemporáneos cuestionaron su interpretación del valor: la teoría del valor-trabajo que defiende en «El Capital» fue puesta en duda por economistas y comentaristas liberales que consideraban que el valor no podía explicarse solo por la cantidad de trabajo, sino que intervinieran también la utilidad, la demanda y la escasez. Esa crítica era representativa de un choque más profundo entre tradiciones económicas: los defensores del mercado creían que Marx subestimaba el rol de los precios, el capital y la iniciativa individual.
Políticamente, figuras como Pierre-Joseph Proudhon y Mijaíl Bakunin le lanzaron reproches desde la propia órbita socialista: Proudhon rechazó su visión centralizada y autoritaria del socialismo, y Bakunin, con más vehemencia, alertó sobre la tendencia de Marx a favorecer una organización que terminaría concentrando poder en manos de una burocracia. Estas disputas llegaron a romper la Primera Internacional y a crear una corriente anarco-socialista que consideraba peligrosas las ideas de Marx sobre la dictadura del proletariado.
También hubo objeciones filosóficas y metodológicas: se acusó a Marx de economicismo y determinismo histórico, es decir, de interpretar toda la historia únicamente como resultado de relaciones económicas y de restar importancia a la cultura, la religión o la agencia individual. Críticos liberales y algunos humanistas temían que su enfoque finalizara en un régimen que sacrificara libertades civiles en aras de una meta colectiva. En lo personal, tras revisar esas críticas me queda la impresión de que muchas provenían tanto de miedos legítimos sobre la concentración del poder como de disputas teóricas profundas sobre cómo entender la economía y la libertad humana.
Me encanta perderme en los textos de Marx y recordar cómo fue desgranando la teoría del valor a lo largo de los años. Si tuviera que señalar los textos imprescindibles, pondría en primer lugar «El Capital» (especialmente el tomo I), porque allí es donde desarrolla con más detalle la noción de mercancía, valor, tiempo de trabajo socialmente necesario y plusvalía. El tomo II y el tomo III complementan ese núcleo: el segundo trata la circulación y reproducción del capital, y el tercero aborda la difícil transición de valores a precios de producción y la distribución del excedente. Leer los tres te da la visión más completa.
Además, no puedo dejar de recomendar «Grundrisse», esos cuadernos preparatorios llenos de intuiciones metodológicas y reflexiones sobre el valor que muchas veces anticipan lo que luego aparece en «El Capital». También me gusta volver a «Contribución a la crítica de la economía política» (1859), porque ofrece una exposición más condensada y accesible de la teoría del valor que sirve como buen puente para entrar en los textos mayores.
Por último, para contexto histórico y crítico, «Teorías sobre la plusvalía» es valiosísimo: Marx allí revisa y critica a los economistas anteriores y muestra cómo fue conformando su propia explicación del valor y la explotación. En conjunto, estos textos me parecen la mejor guía para entender la teoría del valor desde su génesis hasta su madurez, y siempre me dejan con ganas de releer pasajes concretos.
Al abrir «El Capital» lo que más me llamó la atención fue lo directo que Marx fue al conectar la economía con la vida cotidiana de la gente. Yo entendí la lucha de clases como una tensión permanente entre quienes poseen los medios para producir (fábricas, tierra, capital) y quienes solo tienen su fuerza de trabajo para vender. Marx no hablaba de enemistades personales: hablaba de intereses contrapuestos. El capitalista busca extraer la mayor cantidad de plusvalía posible, mientras que el trabajador intenta mantener su salario y condiciones, y ese choque genera conflicto.
Recuerdo pensar que esa explicación tenía una lógica casi científica: la producción de mercancías, la transformación del trabajo en valor y la apropiación de la diferencia entre lo que vale lo producido y lo que se paga al obrero son la base del conflicto. Marx describe cómo el valor no proviene del capital, sino del trabajo humano; por tanto, la explotación es intrínseca al sistema capitalista. También me impactó su idea del carácter histórico de las clases: no son eternas, sino vinculadas a modos de producción concretos, y pueden transformarse cuando cambian las relaciones económicas.
Al final lo que me queda es una imagen clara: la lucha de clases opera en fábricas, en mercados laborales, en parlamentos y en las calles, y aparece tanto en huelgas como en disputas políticas. Marx mostró que las crisis periódicas y la polarización social no son accidentes sino síntomas del conflicto estructural del capitalismo, y esa lectura sigue iluminando debates actuales sobre desigualdad y poder. Personalmente, me dejó más preguntas que respuestas cerradas, pero con una herramienta para mirar la historia y la economía de otra manera.