EmmaWrites
Se había repetido a sí misma que aquello era una mala idea durante todo el trayecto, y seguía diciéndoselo cuando él abrió la puerta de la cabaña, con el cabello empapado por la lluvia y una sonrisa cómplice en el rostro.
—Has venido —dijo él.
—No pongas esa cara de sorpresa.
Ella entró y dejó su bolso cerca de la chimenea.
Él la tomó suavemente de la muñeca antes de que pudiera alejarse.
—No estoy sorprendido. Estoy aliviado.
Algo se ablandó dentro de ella. Se volvió para mirarlo y, durante un instante, ninguno de los dos habló. Tres años de preguntas sin respuesta y sentimientos ocultos se interponían entre ellos.
Entonces, él se acercó, dándole tiempo suficiente para apartarse. Ella no lo hizo.
Sus labios se encontraron en un beso tierno que pronto les recordó todo lo que habían intentado olvidar. Sus dedos se aferraron a la camisa de él mientras él le acariciaba suavemente la mejilla.
—Tres años —susurró—. Tres años, y todavía provocas este efecto en mí.
Ella sonrió, intentando disimular el calor que se extendía por su rostro.
—Quizá nunca me superaste de verdad.
—Tú tampoco me superaste.
Ella no tuvo respuesta para aquello.
Él la levantó suavemente en brazos, y ella soltó una risa de sorpresa mientras se sujetaba a sus hombros. La llevó hacia la chimenea.
Afuera, la tormenta seguía rugiendo, pero dentro de la cabaña, por fin se permitieron afrontar los sentimientos que habían negado durante demasiado tiempo.
Aquella noche, ninguno de los dos quería huir.
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