Echo
Soy la abogada principal de Donatello Vexille, el padrino de la familia Vexille.
Y, en secreto, también era su esposa.
Por las noches, me atraía contra su cuerpo y me hacía suya con una desesperación casi brutal, dejando sobre mi piel marcas que al día siguiente todavía me recordaban a quién pertenecía.
Pero al amanecer, todo cambiaba.
Volvía a ser únicamente su abogada: la mujer a la que apenas miraba y a la que solo dirigía órdenes frías.
Vivimos así durante tres años, hasta que un día comprendí que ya no podía seguir soportándolo.
Pero Donatello jamás podía descubrir lo que estaba a punto de hacer.
Escondí los papeles del divorcio entre los documentos de un manifiesto de carga y se los puse delante para que los firmara. Cuando estampó su firma sin sospechar nada, sentí que, por primera vez en mucho tiempo, podía volver a respirar.
Había pasado siete años detrás de él y tres siendo su esposa.
Al final, lo poco que quedaba de mi corazón terminó de romperse cuando comprendí que el suyo jamás sería mío.
Porque su corazón ya pertenecía a otra mujer: Angelina, la hermana de su mano derecha.
Yo sabía hasta el último detalle de la vida de Donatello, incluso cuál era su restaurante favorito. Por eso sabía también hasta dónde era capaz de llegar por Angelina.
Cuando ella pidió el divorcio, Donatello bebió hasta emborracharse de felicidad. Incluso mandó a sus propios guardaespaldas a vigilar la puerta de su casa.
Esas eran atenciones que yo jamás había recibido.
Así que lo engañé para conseguir su firma, recogí mis cosas y desaparecí sin dejar rastro.
Jamás imaginé cómo reaccionaría después de mi partida.
Ofreció una fortuna a cambio de cualquier información sobre mi paradero y, para sorpresa de todos, anunció públicamente que yo era su esposa.