Rábano indomable
Cuando mi mejor amiga, Camila Torres, me entregó el acuerdo de divorcio que había preparado, me preguntó:
—Te tomó cinco años conquistar a Gabriel. ¿Por qué de repente quieres divorciarte?
Esbocé una sonrisa.
—Porque ya no quiere cenar conmigo.
Cinco horas antes, le había enviado a Gabriel Navarro la dirección del restaurante.
—Hoy cumplimos tres años de casados. Reservé una mesa aquí.
Su respuesta llegó casi al instante.
“Estoy ocupado. No tengo tiempo.”
Lo perseguí cinco años, llevamos tres años de casados, y al final solo recibí esas cinco palabras.
Y también aquella escena en la entrada de su empresa: lo vi subir a un auto, protegiendo a una chica de cabello corto.
Durante los cinco años que perseguí a Gabriel, sus respuestas habían pasado de la indiferencia inicial a compartir conmigo cada momento.
Y ahora se habían reducido a un repetitivo:
“Estoy ocupado. No tengo tiempo.”
Pensé que quizá era yo quien había cambiado, que ya no era tan buena como antes.
Pero no.
Simplemente, ya había otra persona en su corazón.
En ese momento sonó mi teléfono. Era el restaurante.
—Señora Beltrán, ¿cuántas personas serán esta noche?
Guardé el acuerdo de divorcio en mi bolso.
—Para una.
Sabía que Gabriel había llevado a aquella chica al mismo restaurante.
Perfecto.
A partir de hoy, podía compartir ese plato con quien quisiera.
Ya no tenía nada que ver conmigo.
Yo elegiría compartir mi vida conmigo misma.